Mayo 14, 2000

Peter Malkin el cazador de Eichmann

Fuente de prensa:

Se cumplen cuarenta años del día en que Adolf Eichmann fue capturado. Muchos de los que tuvieron la fortuna de eludir la muerte aún viven y sus testimonios nos permiten conocer la verdadera historia. Pero algún día el último de los sobrevivientes y el último de los testigos morirán. Será entonces obligación de quienes los sucedan mantener viva la verdad de lo ocurrido para las futuras generaciones. En especial, cuando cobran protagonismo personajes que desde un supuesto saber académico cuestionan la exacta naturaleza de la Shoá (Holocausto) afirmando con desvergüenza que las cámaras de gas de Auschwitz no son sino una ingeniosa escenografía dramática montada por las fuerzas aliadas de liberación.

Esta tarea tiene un sentido preciso en Argentina pues su historia específica en la materia es tan intensa como contradictoria. Centenares de criminales de guerra nazis encontraron seguro refugio en el país. Pero también miles de sobrevivientes y perseguidos por pogroms o dictaduras gozaron aquí de paz y prosperidad. Dos bombas volaron la Embajada de Israel y la mutual judía (AMIA) y dieron muerte a más de un centenar de personas en los mayores atentados de la historia argentina. Sin embargo, un gobierno del partido fundado por el general Perón condecoró a la señora Emilie Schindler -por sugerencia de nuestra fundación- en la misma Cancillería, otrora ámbito donde se tejieron provechosas relaciones con el régimen de Adolf Hitler. La Iglesia misma, que hoy de la mano de un Papa singular realiza sinceros esfuerzos de autocrítica sobre su pasado, alentó desde su máxima jerarquía la instalación en 1997 de un recordatorio a las víctimas de la Shoá dentro de la catedral porteña, suceso que no tiene precedentes en el mundo entero. También vale reflexionar en torno a un caso testigo como el de Eichmann para reivindicar a quienes, como el diplomático sueco Raoul Wallenberg durante su misión salvadora de decenas de miles de judíos en Budapest en 1944, no se valieron de sus cargos públicos para el beneficio personal y la rapiña, sino para servir y proteger a quienes más los necesitaran. Aún a riesgo, como Wallenberg, de perecer a manos de un totalitarismo distinto a aquel contra el cual luchaba.

* Por Baruj Tenembaum, fundador de The International Raoul Wallenberg Foundation, organización no gubernamental.