Enero 11, 2001

Memorias de una pesadilla

Fuente de prensa:

Mañana se conocerá el informe de una comisión bilateral sueco-rusa acerca de lo ocurrido al diplomático sueco Raoul Wallenberg, que desapareció en 1945 y, según datos difundidos recientemente, fue ejecutado en Moscú en 1947. El anuncio fue hecho en Buenos Aires por Peter Landelius, embajador de Suecia en la Argentina, al dar la bienvenida a los fundadores y directivos de la Fundación Internacional Wallenberg.

En Buenos Aires viven dos personas de origen húngaro que salvaron su vida de la persecución nazi gracias a los pasaportes que por iniciativa de Raoul Wallenberg emitía la embajada de Suecia.

Tomás K. es arquitecto. Logró sobrevivir durante la guerra gracias a su pasaporte sueco. ”A pesar de que Hungría era un país aliado de Alemania, Hitler lo ocupó militarmente en marzo de 1944 -recuerda-. Necesitaba fortalecer al ejército húngaro, un tanto descorazonado, y tenían a los rusos muy cerca. Apenas llegaron los alemanes, organizaron la deportación a los campos de exterminio. Ante esta situación, Estados neutrales como Suecia, Suiza y el Vaticano lograron frenarlo, y así en Budapest ya no deportaron a los judíos, sino que los concentraron en guetos.”

Por aquellos días, Raoul Wallenberg logró la autorización para extender salvoconductos y hasta pasaportes con la ciudadanía sueca. ”Mis padres, mi hermano y yo recibimos los primeros -cuenta Tomás-, ya que el doctor Koloman Lauer, ex diplomático húngaro refugiado en Suecia y amigo nuestro, formaba parte de la comisión designada por el gobierno sueco para organizar el salvamento. Yo tenía dieciséis años y colaboré con la embajada como cadete. Las familias con estos documentos tuvieron el privilegio de vivir un poco mejor en departamentos bajo bandera sueca o suiza.”

El 20 de octubre de 1944, el regente húngaro Miklós Horthy rompió definitivamente con Hitler y el mismo día los alemanes lo secuestraron e impusieron un gobierno títere con Ferenc Szálasi a la cabeza. Recrudeció la falta de respeto a los derechos humanos, se reanudaron las deportaciones, los campos de exterminio y las matanzas.

Solidaridad en Budapest

”A mi padre y a mí nos tocó cavar trincheras y trampas para tanques -evoca Tomás-. Una noche, ante un ataque ruso, nos obligaron a volver bajo la lluvia de las afueras a la capital en una marcha en la que a los que no podían seguir los mataban ahí mismo. Al día siguiente apareció la mano salvadora de Raoul Wallenberg. Nos pudimos quedar en Budapest, mientras los demás tuvieron que seguir hasta Alemania. Por un tiempo hicimos tareas de desmantelamiento de fábricas y otras similares, pudiendo dormir en nuestra casa sueca, mientras seguía la deportación de los hombres. En la estación de ferrocarril, ante los vagones de carga, Wallenberg personalmente nos salva junto a muchos otros.”

El 31 de diciembre, sin respetar la bandera protectora, los llevaron a la central nazi. En el camino, Tomás logró escapar: ”Buscamos al embajador sueco, que lógicamente estaba muy atareado por los continuos desmanes, a pesar de que la ciudad estaba sitiada. Una familia cristiana amiga me consiguió documentos nuevos (ya que los nazis húngaros no respetaban el documento sueco) y me escondió en un depósito con un amigo. Estuvimos encerrados durante tres semanas con unos kilos de pan y legumbres. Cuando por fin llegan los rusos, creen que somos nazis. Otra vez milagrosamente nos perdonan la vida. Otro día me detienen como prisionero de guerra y me liberan gracias a mi carnet de cadete de la embajada sueca. Comienzo a buscar a mis padres. Un vecino me cuenta entre sollozos que lo llevaron al Danubio y lo ejecutaron junto con otras ochenta personas. Mi madre había muerto en la sede central de los nazis. Mi hermano fue liberado del campo de trabajos y a los pocos días llegó a buscarnos.

Aparte de sus padres, Tomás perdió a dieciocho familiares directos, sin mencionar a los amigos. ”Mucho más tarde nos enteramos de la desaparición de Raoul Wallenberg. Como dijo hace poco Jack Fuks, uno salvó a miles y miles no pudieron salvar a uno.”

Tomás K. llegó a nuestro país en 1949 y formó aquí su familia. En 1967 adoptó la ciudadanía argentina.

Su amigo Gabriel G. tenía trece años cuando los nazis invadieron Hungría. ”La inmunidad que confería el pasaporte sueco nos permitió a mis padres y a mí vivir en una casa protegida -cuenta-. Los nazis húngaros eran peores que los alemanes. Después de un tiempo dejaron de respetar la inmunidad diplomática, sacaban a la gente, la llevaban al Danubio y la ametrallaban. Mi padre consiguió papeles falsos y nos fuimos a vivir como subinquilinos a la casa de una familia en Budapest. Era peligroso para ellos: venían los nazis a buscar judíos, desertores. Ellos se dieron cuenta de que éramos judíos, pero no nos delataron. Durante las últimas dos semanas fuimos testigos de los tiroteos entre rusos y alemanes.”

Vivió durante tres años en Viena y con uno de los pasaportes que otorgaba la Organización Internacional de Refugiados viajó a la Argentina en 1952. ”Mucho de húngaro no me queda -dice-. Aquí me siento muy en mi casa.” Su esposa nació en Checoslovaquia, tienen una hija en Israel, otra en Estados Unidos, un varón en la Argentina, y varios nietos. Es dueño de una empresa en Buenos Aires. ”En la Hungría comunista no se hablaba de Wallenberg -agrega-. Mucho después comprendimos la magnitud de lo que había hecho.”

(Según el autor John Bierman, en los primeros meses de 1945 Raoul Wallenberg era el único diplomático que había permanecido en Pest. Supuestamente para proponer a los soviéticos un plan de reconstrucción, se dirigió a Debrecen, donde se había establecido el gobierno provisional bajo la protección soviética. En algún punto de la ruta fue entregado a la NKVD, que lo puso ”bajo protección militar”. Nunca se lo volvió a ver.) Tomás y Gabriel lamentan no haber conservado los salvoconductos y pasaportes que les salvaron la vida. ”En aquel momento no lo pensábamos, teníamos otras prioridades -añade Gabriel-. En mi familia, incluyendo hermanos y hermanas de mis padres, éramos sesenta. Quedamos doce. En Hungría había un millón de judíos y sobrevivieron 400 mil. Hoy hay unos 60 mil.”

© La Nación