Discurso de Jan Eliasson en el Parlamento sueco

Discurso del Sr. Jan Eliasson ante el Parlamento Sueco el 17 de enero de 1995, en ocasión del 50 aniversario de la desaparición de Raoul Wallenberg

Reflexionando sobre su vida desde la perspectiva de un hombre anciano, el filósofo Bertrand Russell dijo en su autobiografía: ”Tres pasiones simples, pero abrumadoramente poderosas, han gobernado mi vida: el anhelo del amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable compasión por el sufrimiento humano. Estas pasiones, como grandes vientos, me han arrastrado de acá para allá, en direcciones caprichosas, en un profundo océano de angustia, llevándome al borde de la desesperación.”

Quizás Raoul Wallenberg no hubiera elegido precisamente esas palabras si fuera él quien rememorara su vida hoy. Pero Bertrand Russell pone en palabras lo que creo fueron las fuerzas conductoras más potentes también de Raoul Wallenberg. Y Russell incluso formula el curso de acción que Wallenberg desearía que tomemos en este mundo confuso y violento de hoy.

La mayor parte de lo que conozco de Raoul Wallenberg proviene de libros y gruesos dossiers del Ministerio de Asuntos Exteriores. Pero mucho de lo más importante y lo mejor que sé de Raoul Wallenberg lo he aprendido de su familia, sus amigos y algunos de los que fueron salvados del Holocausto.

Hay tres conceptos que se grabaron en mi memoria, cuando repasaba lo leído y escuchado sobre Raoul: la acción, la pasión y lo ”sobreentendido”. Intentaré describir a Raoul Wallenberg como persona en términos de esos tres conceptos. También los utilizaré como punto de partida al tratar de explicar el ejemplo que él dejó.

Cuál fue la ”acción” de Raoul Wallenberg? Sabemos que salvó las vidas de decenas de miles de personas, junto a valientes y leales colegas. Sabemos que ayudó a impedir la destrucción del gueto en Budapest, evitando así la ulterior muerte de 60,000 personas. Y sabemos que se convirtió en un testigo del mundo externo -los ojos y oídos de la comunidad internacional- de un infierno sobre la tierra, en un tiempo de horrorosa degradación humana.

Cuando leemos sus cartas a su abuelo -recordemos que su padre murió antes del nacimiento de Raoul- vemos algunos signos de que se estaba preparando a sí mismo para una tarea de esta naturaleza.

Estudió en Norteamérica, trabajó en oficinas en Ciudad del Cabo y Haifa, y discutió con detalle posibles carreras con su abuelo. Se convertiría en arquitecto, banquero o hombre de negocios?

En sus cartas se muestra despreocupado, activo, lleno de ideas y curiosidad, y amenamente irónico consigo mismo. Una vez viajó a dedo desde Michigan hasta Los Angeles, y su cumpleaños coincidía con la pomposa circunstancia de los Juegos Olímpicos de 1932. ”Mi cumpleaños fue un asunto discreto, ya que les pedí a las autoridades civiles que no se hagan demasiado problema”, escribía a su abuelo en un tono ligeramente burlón.

A pesar de eso, durante sus años en Norteamérica, ya había señales de que la acción lo esperaba a Raoul Wallenberg. En ocasión de ser víctima de un asalto, conservó su sangre fría, solicitando ser llevado al camino principal luego del robo. Luego, se arrepentía de no haber mentido acerca del dinero que llevaba encima.

No descansaba, esperando algo importante que hacer, algo significativo. Es fácil entender que sus héroes eran los Tres Mosqueteros de Dumas y Pimpernel Smith, cuyas últimas palabras en la película eran, justamente, ”siempre vuelvo”.

Nada le parecía difícil o imposible. Si hasta creía poder detener su incipiente calvicie si se afeitaba completamente la cabeza. Ciertamente, un hombre de acción, pero también un hombre que carecía totalmente del sentido del prestigio y del interés por las apariencias.

Entonces, en el verano de 1944, la acción y Raoul Wallenberg se cruzaron. Tenía seis meses para salvar la mayor cantidad posible de los 200,000 judíos que aún quedaban en Hungría -luego de la deportación o la muerte de más de 600,000-. ‘Cuándo sale el próximo tren?‘, preguntó a Nina y Gunnar, su hermana y cuñado, cuando supo en Berlín -camino a Hungría- que la agencia de viajes le daba un día de descanso. No soportaba perder ni una hora de tiempo.

Una vez que arribó a Budapest, empezó a organizar las cosas a pasos agitados, diseñando nuevos pasaportes de protección y construyendo una cerrada red de contactos, que se extendía desde el Consejo Judío hasta el Ministro de Asuntos Exteriores, y desde su lavandera hasta el detestable Adolf Eichmann, con quien solicitó cenar (lo que subsecuentemente olvidó, o inconscientemente canceló, al estar tan absorbido por las miles de otras cosas que hacer).

El espíritu de acción era algo que se expandía incesantemente en él, impregnándolo lentamente. Cuando los malhechores de la Cruz Gamada -traidores de Hungría- tomaron el poder en otoño de 1944, la situación se hizo insoportable y la crueldad casi indescriptible. Raoul era como el ”Dutch boy”, que coloca un dedo en cada agujero para detener el estallido del dique. Muchas vidas fueron salvadas como resultado de planes meticulosos, otras por ardides e improvisaciones en diferentes idiomas y claves.

Pero muchas, muchas personas fueron asesinadas delante de sus ojos. Y a menudo él llegaba demasiado tarde o le era imposible intervenir y parar el infierno. Vio personas que huían, desaparecían, morían -como cuando miles de mujeres y hombres judíos fueron forzados a caminar penosamente -con zapatos de tacones o delgadas suelas- 150 millas por el aguanieve sin comida ni agua, hasta la frontera. Allí, una fracción de ellos fueron sometidos a la tradicionalmente minuciosa pasada de lista del comando de Eichmann.

Estoy seguro de que en estas situaciones él pensó en el peligro del retraso, el daño causado por la larga espera y por no poder actuar a tiempo por verse forzado a concentrarse en apagar las crueles llamas en vez de buscar incendiarios y las causas del fuego. Llegar a tiempo para anticiparse y tomar acciones preventivas, es básicamente una cuestión de respeto por la vida y la dignidad humanas.

Fue por ésto que en las últimas semanas en Budapest Raoul ideó un plan, junto a sus colegas, para el renacimiento y la rehabilitación de los disperos judíos que quedaban en Hungría. El planeó para el mañana, para la supervivencia, para plantar los árboles que luego crecerían. Estoy convencido que llevaba ese plan en su morral -no tenía portafolio- cuando entró en la limusina negra en camino al cuartel general ruso, hoy hace exactamente 50 años.

Tomo ahora mi segunda palabra clave: la pasión, no solamente la compasión de Russell, sino también el fervor de Raoul Wallenberg, y su capacidad de, a pesar de los horrores, divertir a sus amigos con su ágil humor macabro e inspirar logros enormes en otras personas, trabajando día y noche. Se trataba de ”salvar la mayor cantidad de vidas posibles, arrebatarlas de las garras de los asesinos”, como escribió en una carta en Julio de 1944.

Pasión y compasión convivían, simbióticamente, en Wallenberg. Ambas son necesarias para la acción y sus resultados. El American Wallenberg Committee eligió como lema distintivo las palabras de Edmund Burke: ”Todo lo necesario para que el mal triunfe, es que los hombres de bien no hagan nada.”

Pero para Raoul Wallenberg no había opción. No hay proceso de ‘toma de decisiones’ cuando se está frente al mal. La frase ‘se sobreentiende’ fue la compañera invisible de Raoul Wallenberg.

No cuestionó el hecho de tener que ir a Hungría. No hizo ninguna pregunta cuando lo despertaron en medio de la noche en Budapest y trepó a su bicicleta hacia las ‘Casas Suecas’, con las calles plagadas de partidarios de la Cruz Gamada, que, atacados de locura homicida, violaban y abusaban de seres humanos. El sabía cuál era su camino. Tenía una moral inclaudicable.

Así, Raoul Wallenberg también dio un ejemplo. El, que era un hombre como nosotros, demostró que la acción es posible y necesaria. Demostró que no siempre debemos estar preparados o deliberar nuestras decisiones para hacer lo correcto. Demostró que podemos estar a la altura de las circunstancias, apoderarnos de ellas e inspirarnos a esfuerzos sobrehumanos. Demostró que, efectivamente, existe la impotencia, pero ésta puede ser superada abordando un problema por vez, y planeando y trabajando siempre para un futuro mejor, por un nuevo sentido de la confraternidad.

Uno de los libros que leí describe una larga conversación que Raoul sostuvo con una joven niña sobre la Liga de las Naciones. En ese diálogo él se muestra mucho más interesado en lo que la Liga de las Naciones -las Naciones Unidas de ese momento- debería hacer que en la niña. Esto también llamó la atención de su hermana Nina.

Este episodio viene a la mente cuando miramos al mundo de hoy, buscando a Raoul Wallenberg. Se lo necesitaría en la Cambodia de Pol Pot, en la Uganda de Idi Amin, en las guerras civiles de Angola y Mozambique, en Somalia en 1992, en el genocidio de Ruanda y la pesadilla de Bosnia. Había muchos allí, pero éramos pocos?

Dónde estaba la acción, la pasión y lo ”sobreentendido”?

Raoul Wallenberg sigue vivo. No debemos darnos por vencidos en nuestros esfuerzos por dar cuenta absoluta de su destino. Tenemos fuertes expectativas de que una Rusia nueva, abierta y veraz nos ayude a obtener esa claridad.

Esperamos que la tragedia de hoy en Chechenia no detenga los triunfos fundamentales de la democracia y la apertura.

Rusia puede mostrar que estas fuerzas no pueden ser vencidas, presentando toda la verdad sobre Raoul Wallenberg. Esto puede ser logrado por la Comisión Sueco-Rusa que, desde 1991, ha estado sistemáticamente examinando toda la documentación y la información disponibles.

El punto central no es el caso Wallenberg. Es Raoul Wallenberg como ser humano. Y, en un último análisis, el fin de la guerra fría debe ser una cuestión centrada en los seres humanos.

Debemos dejar de visualizar a la naciones como peones en un tablero de ajedrez geopolítico, y en su lugar, verlas como sociedades formadas por personas que tienen derecho a la libertad política, a la justicia social y económica y a una vida digna para todos.

Este es, para mí, el mensaje de Raoul Wallenberg. Y es la razón por la cual él sigue vivo. Durante su trabajo en Hungría en el reino del terror, en el gueto y en las calles, él miraba a la víctima a los ojos y trataba de borrar todos los juegos de poder, los prejuicios y el odio que cercaban a ese ser humano.

El vio las fuerzas del mal, pero nunca resignó la esperanza y nunca dejó de actuar.

Qué más necesitamos hoy?

* Jan Eliasson fue Subsecretario General de Asuntos Humanitarios de la ONU, 1992-1994 y es Subsecretario de Estado de Asuntos Exteriores de Suecia desde Octubre de 1994..