En sus manos

Irene Gut Opdyke (1922-2003) fue una heroína polaca que salvó muchos judíos polacos de las cámaras de gas alemanas y de las tropas de las SS. En una proeza de coraje y poniendo en riesgo su propia vida, rescató judíos de una muerte segura.

Gut era una de las cinco hijas de una familia Católica nacida en una pequeña localidad de Polonia del Este. Al trasladarse su familia a Radom, ella se matriculó como estudiante de enfermería.

En 1939, el Ejercito Alemán invadió Polonia y en un mes el país fue derrotado y dividido entre Rusia, Austria y Alemania.

Irene se unió como voluntaria a una unidad del Ejercito y se ocultó en los bosques de Ucrania donde fue tomada como prisionera por soldados rusos quienes después de violarla la dejaron abandonada en la nieve para que muriera. Escapó, pero luego fue arrestada en una redada entre ciudadanos polacos.

En abril de 1942, Gut fue testigo de un hecho que transformaría su vida. Vio como un oficial Nazi arrojaba un niño al aire y le disparaba, como si se tratara de un pájaro. No siendo capaz de soportar y ser testigo del creciente barbarismo por parte de los alemanes, comenzó a participar en la lucha para salvar judíos de la masacre. El terror crecía. En el mercado público, los soldados de la Gestapo la obligaron a observar, junto con otros polacos, el linchamiento público de una pareja de judíos y de su protector polaco que había tratado de ayudarlos.

Mientras lleva a cabo trabajos forzados en una fábrica de municiones, Irene atrajo la atención de un Mayor alemán de 70 años, Edgard Rugemer. Para este momento, el Ejército Alemán en el Este, en busca de oficiales entrenados, había elevado el límite de edad.

El Mayor Rugemer le encontró un trabajo más adecuado en la cocina de un hotel para oficiales alemanes. Las cocinas se encontraban cercanas a los muros del gueto local y cada noche, ella recogía las sobras de la comida y las pasaba a escondidas a través de las cercas de alambres de púas. Increíblemente, Gut no fue descubierta durante meses. Tuvo éxito en sus esfuerzos.

Pronto, comenzó a pasar judíos a escondidas fuera del gueto hacia los bosques. En toda Polonia, los vastos bosques sirvieron de refugio a judíos frente a la persecución alemana. Ella repetía esta operación una y otra vez.

El Mayor Rugemer rápidamente la promovió como su ama de llaves en una villa que había sido expropiada por los alemanes. Esta villa contaba con un gran sótano donde Irene escondió a doce judíos que estaban por ser deportados a las cámaras de gas. Ellos salían del sótano todos los días y la ayudaban con sus tareas.

El Mayor Rugemer pasaba generalmente el día afuera, pero un día llegó inesperadamente más temprano y se sorprendió al ver judíos viviendo en su casa. Inmediatamente, se dirigió a llamar a los oficiales de las SS, pero antes de que pudiera realizar la llamada, Irene le suplicó que perdonara la vida de los judíos. Rugemer hizo un trato con ella; sus vidas a cambio de su cuerpo. Gut no tuvo otra alternativa. Se convirtió en su amante a fin de salvarlos. Los judíos continuaron viviendo en el sótano sin tener conocimiento de este acuerdo.

Gut, que había sido críada como católica, pidió la confesión al sacerdote local, quien no le daría la absolución. Siguió siendo cristiana, pero años más tarde, se convertiría al Protestantismo.

A medida que el ejército Ruso se extendía al oeste, hacia Polonia, Edgard Rugemer se marchó con los alemanes antes de que los rusos pudieran sorprenderlos.

A comienzos de 1944, Gut y los judíos se escaparon hacia los bosques donde permanecieron ocultos hasta que los rusos ganaron el control de Polonia. Luego, fueron llevados a un campo de ”desplazados”. Cada uno de sus protegidos fue salvado gracias a su coraje. Luego, la mayoría de ellos emprendió su camino hacia el nuevo Estado de Israel.

Al terminar la guerra, en medio de la confusión y brutalidad, y ayudada por los judíos de quienes se había hecho amiga, pasó a escondidas del territorio polaco ocupado por Rusia hacia Alemania Occidental.

Tres años más tarde, pudo obtener la documentación que le permitiría viajar a los Estados Unidos. En el campo de ”Desplazados” había sido entrevistada por William Opdyke, un empleado estadounidense de las Naciones Unidas al que le contó su historia. Por casualidad, volvió a encontrarse con él en Nueva York y se casaron poco tiempo después. Formaron una familia y llevaron una vida tranquila.

Veinticinco años después, como por destino, fue invitada a disertar en el Rotary Club donde participaba su esposo. Hasta ese momento, había bloqueado el pasado en su mente. Por primera vez, Irene decidió hablar sobre su pasado como participante y testigo. En 1999, escribió un libro con su experiencia: ”En mis manos: Memorias de una Sobreviviente del Holocausto”. El libro vendió más de un millón de copias. Por años, continuó contando sus experiencias y viajando a través de todo el país.

En los últimos años, la Comisión del Holocausto de Israel la nombró como una de ”los Rectos entre las Naciones”, un título otorgado a quienes arriesgaron sus vidas salvando judíos del holocausto. Se le otorgó la Medalla de los Héroes de Israel, el máximo tributo del país en una ceremonia llevada a cabo en el Monumento Conmemorativo de Yad Vashem en Jerusalén. También el Vaticano le concedió honores.

Irene terminó su libro con las siguientes palabras: ”A veces, todavía – a menudo, todavía – no puedo verme al espejo. En cambio, como a través de la bruma, veo un niño arrojado al aire. Pero deseo cambiar esta visión: Algo es arrojado al aire, sí, pero es un pájaro, un pequeño pájaro liberado de su jaula, y que vuela, elevándose alto cada vez más alto sobre las copas de los árboles y los techos de las casas. Una pequeña niña se asoma por una ventana arrojando migas y mira cómo el pájaro desaparece de la vista. Es un pequeño pájaro que vuela. Un gorrión volando. Este es mi deseo: hacer lo correcto, contárselo a ustedes y recordar. Id con Dios.”

Referencias:

Traducción: Cristina Méndez