Agosto 30, 2003

El papa bueno, Eva Perón y los judíos

Fuente de prensa:

(PARIS) En el verano de 1947, durante su gira por Europa, Eva Perón llegó a la catedral de Notre Dame vestida de blanco. La majestad con que se adelantó por la nave central y la emoción visible, pero contenida, con que escuchó el Himno Nacional Argentino hicieron que un grueso prelado presente en la ceremonia se extasiara: E tornata l´Imperatrice Eugenia di Montijo.. . Era monseñor Angelo Roncalli, nuncio apostólico de París y futuro Juan XXIII.

El padre Hernán Benítez, confesor de Evita, que la acompañaba durante el viaje, me relató la conversación que sostuvieron ella y el nuncio. De qué podía hablar la visitante argentina sino de su obsesión profunda, esa fundación de ayuda social que se proponía organizar a su regreso. Los consejos que recibió como respuesta prueban que monseñor Roncalli la comprendió a fondo. Quizá porque los dos eran de origen humilde y habían conocido idénticas humillaciones. ”Si de verdad lo va a hacer -le dijo-, le recomiendo dos cosas: que prescinda por completo de todo papelerío burocrático, y que se consagre sin límites a su tarea.” Dos consejos que Evita siguió, como sabemos, al pie de la letra.

Hernán Benítez también me explicó, a su manera, los motivos a los que Angelo Roncalli -rústico y candoroso hijo de campesinos, que había sido hasta el momento arzobispo de Alejandría y que era considerado por el Vaticano como ”el último de los arzobispos”- les debía su nombramiento en París. ”Después de la guerra -contó Benítez- el ministro francés de Relaciones Exteriores, Georges Bidault, le presentó al Vaticano una larga lista de religiosos colaboracionistas, solicitando su expulsión. Como el propio papa Pio XII tenía bastante que reprocharse en relación con el tema, el pedido le hizo muy poca gracia. Y su venganza se llamó Roncalli: enviar un arzobispo tan agreste a una ciudad tan refinada como París le parecía señal de desprecio.” Otra lectura posible sería que el Vaticano necesitaba aplacar los ánimos reemplazando a un nuncio implicado con el régimen de Pétain por otro cuya trayectoria había sido, como veremos, exactamente opuesta.

Angelo de Estambul

La historia recorre complicados caminos. Esa misma Evita que sólo pensaba en sus pobres acababa de prometer pasaportes argentinos, en Roma, a los ustachis croatas de Ante Pavelic, protegidos por el Vaticano como bien lo demuestran los documentos salidos a la luz durante la reciente apertura de los archivos sobre la presencia nazi en la Argentina. Y en París, al visitar la Federación Nacional de Deportados de la Resistencia, esa misma Evita acababa de horrorizarse sinceramente al ver fotografías de Auschwitz y Dachau. Evita no conocía ni de oídas tan espantosa realidad. Desde ese punto de vista, ella también era rústica y candorosa. Pero los caminos revelan un entrelazado aún más misterioso cuando sabemos que, por su parte, el prelado que se entendió con Evita desde el fondo del alma acababa de llegar de Turquía, donde había contribuido a salvar de la persecución nazi a unos cien mil judíos. Esto no me lo dijo el padre Benítez. Me lo dijo Baruj Tenembaum, presidente de la Fundación Raoul Wallenberg, más consagrada a agradecer a los salvadores que a acusar a los asesinos, y que acaba de hacer imprimir en la Argentina una estampilla en honor de Angelo Roncalli, también llamado -sin que el adjetivo implique necesariamente la comparación con algún otro- el papa bueno . A partir de 2000, la Fundación Wallenberg ha lanzado una campaña internacional para hacer reconocer la acción humanitaria desplegada por Angelo Roncalli en Estambul entre 1940 y 1944.

Nacer en Sotto il Monte, como Roncalli, era efectivamente muy parecido a nacer en Los Toldos, como Evita. Pero el azar puso al joven sacerdote, originario de ese pueblito de nombre ”agreste”, en relación con el obispo de Bergamo, monseñor Giacomo Radini-Tedeschi, que lo tomó de secretario. A la muerte del obispo, Roncalli redactó la biografía de su benefactor y se la mandó al papa Benedicto IV, que había sido amigo del difunto. Así fue como el modesto curita subió en la jerarquía vaticana hasta llegar a ser nombrado, en 1935, arzobispo de Turquía: un país neutral, situado en un lugar estratégico para que los judíos fugitivos del nazismo pasaran a Palestina, entonces bajo mandato británico. Por ese motivo funcionaba en Estambul la Agencia Judía. Roncalli ofreció su colaboración al director, Haim Barlas, y al gran rabino de Jerusalén, Isaac Herzog. También transmitió al Vaticano su deseo de que la ayuda a los judíos fuera declarada como ”una divina labor de merced”. Por fortuna para aquellos a quienes él ayudó sin esperar declaraciones, en su propia labor tuvo más éxito que en este pedido, característico de su candidez.

Ya desde 1940, antes de que muchos dirigentes políticos europeos se decidieran a sacudirse la modorra, Roncalli sabía. Y actuaba. Uno de los primeros grupos a los que hizo llegar a Palestina estaba formado por fugitivos del ghetto de Varsovia. Ellos le hablaron de los primeros campos. Entre muchas otras iniciativas, Roncalli firmó visas de tránsito para judíos eslovacos detenidos en Hungría y Bulgaria, volvió a pedir al Vaticano su intervención en favor de cinco mil judíos alemanes que tenían visas de inmigración a Palestina, e hizo encaminar pasaportes y certificados de nacionalidad de países neutrales a través de una red de sacerdotes que sí lo escucharon.

Pero su invento más extraordinario fue el de los certificados de ”bautismo por conveniencia”. En una reciente conferencia pronunciada en Bologna durante un congreso titulado Rivisitare Angelo Roncalli, Tenembaum cita al delegado del gobierno americano Ira Hirschman, titular del War Refugee Board en Estambul, quien relata en sus memorias una conversación estremecedora: ”Roncalli me escuchó atentamente -escribe Hirschman- mientras yo describía la lucha desesperada de los judíos de Hungría. En determinado momento acercó su silla y preguntó en voz baja: ¿Tiene usted gente en Hungría que esté dispuesta a cooperar? Al oír mi respuesta afirmativa aún dudó unos minutos antes de preguntar: ¿Usted cree que los judíos estarían dispuestos a someterse voluntariamente a ceremonias de bautismo? La pregunta me tomó desprevenido y le respondí que, según mi impresión, si eso podía llegar a salvar sus vidas ellos estarían dispuestos. Ya sé lo que voy a hacer , dijo Roncalli. Y agregó que tenía razones para creer que algunas religiosas habían otorgado certificados de bautismo a judíos húngaros. Los nazis habían reconocido esos documentos como credenciales y habían permitido a estos judíos abandonar el país”.

El nuncio estuvo muy claro en un punto: no se trataba en absoluto de un catequismo disfrazado. Si las personas que habían recibido el ”bautismo de conveniencia” querían seguir dentro de la Iglesia una vez terminada la pesadilla nazi, podían hacerlo. Y si querían continuar su camino dentro del judaísmo, también. Pocos meses después de esta conversación, 24.000 judíos húngaros habían sido bautizados en los refugios antiaéreos de Budapest y salvados de la muerte.

El candor que enaltece

Nuncio apostólico de París al finalizar la guerra, luego Patriarca de Venecia, en 1958 Angelo Roncalli se convirtió, tras el fallecimiento de Pio XII, en Juan XXIII. También en esta elección intervinieron elementos espurios. El Sacro Colegio de Cardenales lo consideraba un Papa di passaggio , debido a su edad y, acaso, a su tan legendario como supuesto candor. En realidad ocupó su cargo durante cinco años, hasta su muerte, y a él se debió el Concilio Vaticano Segundo, que llamó a una nueva convivencia de la religión católica con las otras iglesias cristianas y con el judaísmo.

En 1962 viví durante ocho meses en un barrio de Roma llamado Trastevere. En esa época era el barrio de la malavita . Además de eso, desde tiempo inmemorial, había sido y sigue siendo el barrio judío. Los judíos romanos son los más viejos habitantes de la ciudad. Los vecinos del Trastevere me explicaban que éstos eran los verdaderos romanos. Pero todos los vecinos, tanto los que ponían la mezuzá en la puerta de sus casas como los encantadores ladrones de bicicletas que se persignaban al pasar frente a la iglesia de Santa Maria in Trastevere, me hablaban con una sonrisa entre enternecida y divertida de ese papa gordo y afectuoso que se paseaba solo por las calles charlando con la gente. De él decían lo mejor que se puede decir en Italia acerca de una persona: ”E buono come mia mamma”. Del Concilio Vaticano convocado por esos días, a mis vecinos les importaba poco. Tampoco sabían que el papa había salvado a tantos judíos. De haberlo sabido lo habrían considerado natural: muchos de ellos, los que no tenían la mezuzá en la puerta, durante el fascismo habían escondido en sus casas a los que sí la tenían. Giovanni Ventitre era querido en Trastevere por otros motivos, los mismos que provocaban el desprecio de su antecesor: lo querían porque era un italiano de pueblo, un italiano de abajo, un campesino de Sotto il Monte que, al escalar las posiciones más encumbradas, para su suerte y la de todos, enalteció a la Iglesia.

El último libro de Alicia Dujovne Ortiz es Al que se va (Libros del Zorzal).