Enero 21, 2001

Retrato de un héroe silencioso

Fuente de prensa:

El destino final de Raoul Wallenberg, que salvó a miles de judíos del Holocausto, permanece envuelto en el misterio

"En Buenos Aires recuerdan a Wallenberg una escultura emplazada en Palermo, obra de la artista argentina Norma D’Ippolito…" (Foto: AP)

Raoul Wallenberg tenía 31 años en la primavera de 1944. Había estudiado arquitectura en Michigan, trabajado en un banco en Haifa (entonces Palestina) y recorrido Europa por un negocio de exportación-importación: esos viajes lo habían alertado sobre los estragos de la guerra y, aunque Suecia se mantenía neutral, lo desvelaba la necesidad de una acción personal y positiva.

Wallenberg era -y es- un apellido conocido en Estocolmo: la suya es una prestigiosa familia de banqueros y diplomáticos. Su padre, oficial de la marina, había muerto tres meses antes de su nacimiento. De su madre, Maj, y luego de su padrastro, Frederick von Dardel, ”recibió tanto amor -recordó su media hermana Nina- que creció con una poca común disposición para la generosidad, la compasión, el afecto”.

Respondiendo a una propuesta de los Estados Unidos y de la WRB (War Refugee Board), el gobierno sueco -el único entre los neutrales de Europa- resolvió ampliar su personal creando un departamento humanitario en su legación diplomática de Budapest, para defender la vida de los 800 mil judíos amenazados en Hungría con el plan de exterminio que los nazis instrumentaban en otros países.

Wallenberg fue elegido para cumplir ese cometido. Exigió sus propias condiciones para actuar y asumió un compromiso absoluto con su misión, oficialmente la de ”agregado”. Para demostrar disconformidad con el gobierno títere de Sztójay, impuesto por los nazis, el embajador sueco Danielsson permaneció en Budapest con el rango de ministro, y la embajada con la categoría de legación. En marzo de ese año, Adolf Eichmann se preparaba para avanzar sobre Hungría e iniciar el programa de deportación forzada, primero, y los experimentos de exterminio luego, plan al que se resistía el regente Miklós Horthy.

Eichmann instaló su cuartel ese mes en el hotel Majestic, en Buda. Se iniciaron las restricciones, el uso obligatorio de la estrella de David amarilla, las deportaciones hacia Polonia y los ”campos”. Wallenberg llegó en julio, cuando se habían prohibido las deportaciones. Organizó su equipo -250 personas, húngaros de origen judío- en la legación sueca: empezó por emitir pasaportes muy elaborados, que impresionaban, de esa nacionalidad. Contaba con un dieciséisavo de sangre judía, por parte de su madre, pero sobre todo con inventiva, audacia, carisma personal, capacidad organizativa.

En el instante justo

Entre el 14 de mayo y el 8 de julio más de 400 mil hombres, mujeres y niños habían sido hacinados en trenes hacia la frontera polaca. En total, unos 600 mil deportados, hasta que Horthy ordenó suspender las operaciones. La ”solución final” se cernía sobre Hungría y Wallenberg recurriría a todo para salvar vidas: negociación, coerción, soborno. Coordinó la acción de suizos, norteamericanos, españoles, algunas legaciones sudamericanas, la Cruz Roja, el nuncio Angelo Rotto.

En la capital, los judíos eran hacinados en guetos o en ”campos” temporarios. Wallenberg logró la protección de casas y personas por parte del gobierno sueco; compró alimentos, ropa, medicinas, habilitó cocinas y hospitales. Su red de inteligencia le permitía conocer la hora de un embarque o un raid en zonas protegidas: allí se presentaba.

En agosto, la guerra comenzaba a volverse en contra de Alemania. Horthy intentaba restablecer la soberanía húngara y detener las persecuciones. El Ejército Rojo avanzaba desde el Este, los angloamericanos por el Oeste. Berlín retiró a Eichmann de Budapest el 30 de ese mes, aunque siguió vigente, por poco tiempo, la orden de agrupar a los judíos en los campos de trabajo forzado. Wallenberg confiaba en que la situación mejoraría con la ocupación rusa.

Mediante el secuestro del hijo del regente, los nazis lograron acabar con Horthy y su gobierno. Al asumir la jefatura del Estado Ferenc Szálasi, Eichmann volvió triunfante a Budapest: inmediatamente reanudó la persecución. En octubre quedó anulada toda protección diplomática o eclesiástica extranjera. Wallenberg presionó a la esposa del canciller Kemény, cuyo origen judío nadie conocía, para obtener el reconocimiento de 4 mil pasaportes suecos y 7 mil suizos.

Una acción legendaria

Miles de hombres fueron enviados a cavar trincheras o trabajar para el ejército húngaro en condiciones infrahumanas. En noviembre, los neutrales no pudieron impedir que iniciara con las mujeres y niños judíos las macabras marchas de la muerte hacia la frontera austríaca. Fue durante esas marchas que la acción de Wallenberg se hizo legendaria. Con convicción y coraje exigía el derecho de sus ciudadanos suecos (lo fueran o no); retenía, conminaba, obligaba a los militares a restituirle las personas que su gobierno protegía. Se subió durante los últimos meses al techo de vagones, esgrimiendo pasaportes, y esperaba en la frontera, donde se interponía en las marchas de hombres para ser ”prestados” a Alemania con alimentos, abrigo, listas de nombres y pasaportes.

En el camino murieron miles. Otros fueron conducidos a través de la frontera. En la capital quedaban 13.000. Himmler dio finalmente la orden de detener las marchas. Wallenberg había logrado salvar 15 mil hombres, dos mil personas de las marchas. Se calcula que salvó 30 mil vidas. Algunos creen que el número llega a 100 mil.

Mientras en la ciudad bombardeada por rusos, norteamericanos e ingleses reinaba el caos y el saqueo, los judíos habían sido confinados en dos guetos en Pest: uno, general; el otro, internacional. Durante los primeros meses de 1945 huyeron miembros del gobierno y diplomáticos. Wallenberg siguió luchando con los neutrales y la Cruz Roja, buscando aliados o sobornando a la policía. Aunque Eichmann había abandonado la ciudad el 23 de diciembre, ordenó una masacre que Wallenberg se las ingenió para impedir.

Cuando los rusos ingresaron en el gueto general, encontraron 69.000 judíos vivos; en el internacional, 25.000, y otros tantos ocultos en Buda. En total, 120 mil habían sobrevivido a la ”solución final”: la única comunidad numerosa de judíos que quedaba en Europa. Wallenberg era el único diplomático que había permanecido en Pest. Su propósito era proponer a los soviéticos un plan de reconstrucción. Con ese fin, el 17 de enero se dirigió con su conductor, Vilmos Langfelder, y con protección soviética, a Debrecen, donde se había establecido el gobierno provisional. Quería llegar hasta el comandante Malinovsky. En algún punto de la ruta su supuesta escolta los entregó a la KGB (entonces NKVD) que los puso ”bajo protección militar”. No se los volvió a ver con vida.

Las piezas del rompecabezas armado durante los años permiten suponer que los soviéticos no creyeron en la misión humanitaria y voluntaria de un hombre de fortuna (los Wallenberg habían tenido vinculaciones comerciales con la URSS) o que lo consideraron un espía de Alemania o Estados Unidos. En febrero de 1945, ambos estaban al parecer presos en la cárcel de Lubianka. Un informe oficial soviético que en años posteriores fue desmentido afirmaba que se encontraba en manos de los soviéticos ”que han tomado medidas para protegerlo”. El Gulag los envolvió en las sombras, y hasta hoy no se pudo conocer con certeza su destino. El gobierno de Stalin empezó negando que Wallenberg hubiera estado jamás en la URSS. Tras la muerte de Stalin, en 1953, comenzaron a emerger prisioneros alemanes y testimonios aislados. Uno de un compañero de celda, otros que la habían compartido con Lagenfelder. Sus escalofriantes testimonios, que demoraron años en emerger o en ser correctamente interpretados, daban cuenta de su encarcelamiento en Lubianka; posteriores a 1947 en Butyrka, en el campo de Vadivovo, la prisión de Gorki. En 1957, el canciller Gromyko afirmó que Wallenberg había muerto por causa de un infarto (¿a los 35 años?) en 1947, en Lubianka; su cadáver había sido cremado y habían muerto los testigos -autoridades carcelarias- poco después.

La presión de su familia y de la opinión pública sueca; la candidatura de Wallenberg al Premio Nobel de la Paz en 1948; la campaña de Simón Wiesenthal; el ímpetu que ganó su causa, a partir de 1980, en Estados Unidos, país que lo nombró ciudadano honorario; el furor internacional levantado por esta tragedia, no alteraron la actitud soviética: no existía un archivo, un documento posterior al registro de 1947. Los testimonios, incluyendo uno recogido por una científica sueca durante un Congreso Internacional en Moscú en 1961 -luego negado por su interlocutor- , que lo ubicaba en un hospital psiquiátrico, con mayor o menor precisión, directa o indirectamente, aludían a la posible presencia de Wallenberg en el sistema carcelario del Gulag hasta fines de los años setenta, y permiten imaginar un deliberado proceso de ocultamiento. El reciente informe de la comisión ruso-sueca presidida por Hans Magnusson reitera la incertidumbre, la imposibilidad de determinar con pruebas su destino final. Esta incógnita recupera en estos días su dramática vigencia: ¿habrá una respuesta?

En Buenos Aires recuerdan a Wallenberg una escultura emplazada en Palermo, obra de la artista argentina Norma D’Ippolito; una estampilla conmemorativa emitida por el Correo Argentino, iniciativas de la Fundación Internacional Raúl Wallenberg y la Casa Argentina en Israel, impulsores también del mural conmemorativo a las Víctimas del Holocausto, instalado dentro de la catedral metropolitana y de un proyecto para erigir un Monumento de los Justos entre las Naciones en nuestra ciudad.