Julio 10, 2004

Discurso de S.E.R. Cardenal Walter Kasper en ocasión de la entrega del Premio Mural Conmemorativo

Luego de esta excepcional celebración y las palabras de aprecio que han dedicado, es mi primera obligación expresar mi más sincera gratitud al Comité Internacional Angelo Roncalli. Estoy muy conmovido por lo dicho y por el premio que me han otorgado. Sí, es verdad, estoy comprometido con las relaciones judeo-cristianas y su desarrollo, pero me sostengo en el trabajo de muchos otros que iniciaron el proceso de reconciliación mucho antes que yo y en aquellos que trabajan conmigo.

De este modo acepto este premio también en representación de todos aquellos que trabajan en la Iglesia Católica para este fin, que, en los últimos 40 años se ha convertido en una de las funciones más importantes de las Iglesias Cristianas comprometidas con la paz en el mundo. Por lo tanto, me gustaría expresar mi más alto aprecio y estima por el trabajo que vuestro Comité está llevando a cabo, para vencer viejos prejuicios así como para alentar el mutuo entendimiento, la reconciliación y cooperación entre estas dos religiones monoteístas abrahámicas.

De hecho, tanto el judaísmo como el cristianismo tienen una raíz en común en Abraham y un padre en común en la fe. Comparten una herencia en lo que los cristianos llamamos el Antiguo Testamento, en su fe monoteísta, los Diez Mandamientos, y su fe mesiánica. Los judíos son, como dijo el Papa Juan Pablo II, nuestros hermanos mayores en la fe de Abraham. El acuerdo que Dios estableció con su pueblo nunca se quebró; los judíos continúan siendo el pueblo amado de Dios. Nosotros, los cristianos, estamos conectados con esta raíz, que nos contiene y nutre. Los judíos y cristianos son el uno para el otro, desde que se hizo la promesa a nuestro padre en común, Abraham: porque en él se bendecirán todas las naciones. Judíos y cristianos comparten una responsabilidad para ”shalom”, para la paz en el mundo.

Es uno de los más profundos y terribles dramas en toda la historia de la humanidad la separación de los judíos y los cristianos, que se alejaran, y crearan prejuicios mutuos de modo que emergió un lenguaje de desprecio y a menudo se convirtieron en enemigos. Ese anti-judaísmo cercena a la Iglesia de sus propias raíces, que la alimentaban, debilitando así su vida interna. Además, el anti-judaísmo construyó el camino hacia el anti-semitismo, a través de una versión moderna no cristiana de una primitiva y estúpida teoría pagana de la raza, que finalmente condujo a las atrocidades del Holocausto. El Holocausto, o como los judíos prefieren denominarlo: la Shoah, no sólo destruyó las vidas de tantas personas sino que todavía tiene tristes repercusiones en la situación política y los conflictos del Medio Oriente, y en uno de los más urgentes desafíos del presente: las relaciones entre cristianos y musulmanes.

He mencionado muy brevemente nuestra actual situación sólo para señalar la importancia e incluso la urgencia que representan nuestras relaciones cristiano-judías para las iglesias y para la paz mundial. Estoy firmemente convencido de que sólo podemos curar una de las peores heridas de nuestro tiempo si retrocedemos a sus raíces más profundas y al mismo origen del problema: la reconciliación entre el judaísmo y el cristianismo, el cual debe y puede ir convirtiéndose cada vez más en el núcleo de un ”triálogo” entre judíos, cristianos y musulmanes.

Reconciliación entre judíos y cristianos no significa unificación. La solución definitiva para las relaciones entre judíos y cristianos solo será escatológica. Dentro de la historia los judíos y cristianos son y permanecerán diferentes. Sin embargo, esta perspectiva no puede ser un pretexto para la inactividad o la resignación. Al contrario, la esperanza bíblica se debe interpretar como un impulso para la esperanza activa. No nos contiene sino que nos alienta a evitar todas las formas de anti-semitismo antiguo y moderno, que desafortunadamente surge nuevamente. Nos obliga a reconocer nuestra herencia común y a asumir nuestra responsabilidad en común. Cristianos y judíos, aunque diferentes, pueden y deben ser socios respetando las identidades de cada uno y colaborando para el bien de la humanidad. Pueden y deben tener testigos prácticos a sus valores en común: la dignidad de la persona humana, la santidad de la vida, justicia social, los valores familiares y por último –pero no menos importante: la esperanza. Todos estos son valores y actitudes a menudo inexistentes en nuestro mundo moderno pero absolutamente esenciales para nuestra supervivencia y la de nuestra cultura occidental judeo-cristiana.

En este contexto no es posible desarrollar toda una teoría teológica y un programa práctico de las relaciones judeo-cristianas. Más que programas, que podrían ser papel y teoría abstracta, necesitamos ejemplos de vida, personas concretas presenciando lo que sienten y piensan. Su Comité posee ese ejemplo, muy estimado y alabado por muchos católicos y no católicos, por cristianos y no cristianos por igual: Angelo Roncalli, más conocido como Papa Juan XXIII.

Angelo Roncalli no era un hombre de grandes teorías. Era un cristiano, un verdadero cristiano que se convirtió en Papa. Era un santo. Siempre dijo e hizo, de un modo simple pero no ingenuo, lo que un cristiano debe hacer y decir de acuerdo con el Evangelio e inspirado por el Espíritu Santo. Salvó la vida de muchos judíos y los llamó sus hermanos. Suprimió expresiones ambiguas y ofensivas que se incluían en la liturgia del Buen Viernes y – a sugerencia de Jules Isaak, decidió iniciar lo que luego se convertiría en la famosa declaración del Concilio ”Nostra aetate”, cuyo cuadragésimo aniversario se celebra el próximo año.

”Nostra aetate” es la bisagra en las relaciones entre judíos y cristianos, una revolución en el mayor y original sentido de la palabra, un nuevo inicio luego de los tiempos oscuros de la falta de entendimiento mutuo. Todavía estamos en el comienzo de este nuevo inicio. Algunos problemas teológicos fundamentales continúan sin resolverse. Desde un punto de vista práctico, se ha hecho mucho pero aún se puede y debe hacer mucho más. Como es usual en la vida, ocurren retrasos y a veces regresan viejos prejuicios en ambos lados. Los tristes y sangrientos conflictos en el Medio Oriente -en Tierra Santa, en Jerusalén, ¡la ciudad de la paz!-, son otras cargas; no siempre es fácil tomar una posición de equilibrio haciendo justicia para las legítimas preocupaciones de ambos.

Sin embargo, los avances de los últimos 40 años se pueden considerar casi un milagro desde una perspectiva histórica. Relaciones y visitas del más alto nivel institucional, inconcebibles hace cuatro décadas, tienen lugar en la actualidad; hoy existe una cooperación académica entre los teólogos rabínicos y cristianos y los institutos; se organizan una gran cantidad de simposios, conferencias, encuentros e instituciones como la suya y nuestra modesta Comisión Pontifica de Relaciones Religiosas con los Judíos; existen poderosos signos y símbolos como el Mural a las Víctimas del Holocausto en la Catedral de Buenos Aires; y, lo más importante de todo, se forjan amistades, lo que representa el basamento y núcleo de todas las relaciones humanas y comunidades. Angelo Roncalli es una materialización ejemplar de esas sinceras relaciones y amistad, y, en ello, el Papa Juan Pablo II es su verdadero sucesor, quien impulsó muchas veces el diálogo entre judíos y cristianos.

Damas y caballeros, déjenme llegar a una conclusión sobre un tema que aún no la ha encontrado. Les agradezco por el honor de este premio; les agradezco por su compromiso en los pasos de Angelo Roncalli, sobre esta tarea, que es esencial para la reconciliación judeo-cristiana y para la paz mundial. De hecho ustedes están trabajando para la paz en el mundo de un modo especial y decisivo.

La Carta a los Efesios en el Nuevo Testamento explica algo muy importante para el diálogo judeo-cristiano. Afirma que el muro divisorio entre cristianos y judíos, entre Iglesia y Sinagoga se ha quebrado. Dice que Cristo ha venido y ha hecho la paz. Esta paz es el objetivo que estamos tratando de alcanzar. El proceso de paz es irreversible y continúa, incluso si se habla poco de ello hoy debido al conflicto en el Medio Oriente, e incluso si se necesita hacer mucho más. Podríamos llamarlo ”Shalomización”. La Carta a los Efesios nos dice que esto no es una ilusión o una utopía: es auténtica esperanza. Continuemos. ¡Shalom!