Agosto 30, 2004

Tolerancia

Separados y Desiguales: La Virtud Irritante

Tolerancia. El vocablo brota de todos lados estos días. Jefes de Estado y grandes dignatarios promueven la tolerancia, grupos religiosos practican la tolerancia, educadores en universidades y aulas de todo el mundo predican la importancia de la tolerancia religiosa y moral. No importa quien sea el que practica o predica tolerancia, el efecto es siempre el mismo: tanto los individuos como los grupos alcanzan una superioridad moral por ser tolerantes. El concepto de tolerancia como virtud se encuentra encastrado en nuestra cultura: La historia que presenta el Antiguo Testamento sobre el obstinado e intolerante Jonás ilustra la virtud de la tolerancia.

La ciega convicción de Jonás de que únicamente los judíos son merecedores de la misericordia de Dios lo impulsa a desobedecer la orden de Jehová de ir a Nínive y decirle al pueblo que purifique sus actos. La intolerancia de Jonás lo conduce al vientre de una ballena por tres días, y tras esto, cuando Jehová le ordena ir a Nínive él obedece. Cuando el pueblo de Nínive se arrepiente, Jonás se pone furioso porque él deseaba que la ira de Dios destruyera a esos paganos. La historia de Jonás ejemplifica claramente los males de la intolerancia.

En la recordada novela de Ayn Rand ”El Manantial”, Dominique Francon afirma: ”debemos tener tolerancia hacia las opiniones de otros, porque la tolerancia es la mayor de las virtudes”. Según el diccionario ”The Random House College”, la tolerancia ”es una actitud equilibrada y objetiva hacia aquellos cuyas opiniones, prácticas, raza, religión, nacionalidad y demás características difieren de las de uno”. El Antiguo Diccionario Inglés la define como ”la disposición a ser paciente o indulgente frente a opiniones o prácticas de otros; liberarse de prejuicios o desmedida severidad en el juicio de comportamiento de otros”.

Antes de que uno denuncie intolerancia, sin embargo, es preciso examinar las cualidades que comparte con la tolerancia. ¿Al igual que sucede con la intolerancia, la tolerancia acaso no fija límites, formula juicios y, antes que reconciliar a la gente, la separa? Cuando un grupo de individuos, ya sea ligados por una religión común o una ideología compartida, se jacta de que es tolerante hacia otro grupo que coexiste en la sociedad, de ninguna manera se iguala con el grupo tolerado. Más bien se declara superior al grupo tolerado, porque cuando nosotros toleramos algo, ¿no estamos inadvertidamente diciendo que no concordamos con él, no obstante lo cual le permitimos coexistir a nuestro lado?

Tal como sucede con los anillos dentro del tronco de un árbol, que únicamente podemos si lo seccionamos, es solo a través de la disección del concepto de tolerancia que podemos captar toda la dimensión de los significados que anidan en su interior. En muchos contextos, cuando tiene que ver con aborto, religión y raza, la palabra tiene connotaciones de falta de respeto y a menudo desprecio hacia quienes son tolerados.

Tolerar algo, ya sea una persona, un grupo o una línea de conducta implica que se trata de algo defectuoso, imperfecto. La calificación de defectuoso o imperfecto deriva de la medida en que difiere de los valores y creencias de uno. El concepto de tolerancia se arroga el preconcepto de que uno puede distinguir el bien del mal, y a causa de ello, genera y promueve concepciones opuestas. Por otra parte, la tolerancia niega a otros una posición equiparable dentro de la sociedad. Dado que las implicancias de la palabra son subconscientes y no enunciadas: estamos separados y no somos iguales. Por consiguiente, antes que crear nódulos de solidaridad, el concepto de tolerancia proscribe la solidaridad al impedir la igualdad, y al hacerlo así promueve una relación que entre dominante y dominado. Si bien la idea implícita en el concepto de tolerancia es que al permitir que grupos moral y religiosamente en conflicto puedan coexistir uno junto al otro, en lugar de ello la tolerancia capacita a grupos e individuos simplemente a reconocer que hay diferencias, pero sin examinarlas o explorarlas. En su artículo titulado ”Los Límites de la Tolerancia”, Roger Wilkins dice que actualmente está ”tratando de encontrar un poco de tolerancia hacia blancos culturalmente en desventaja -gente cuya empatía se ha visto menoscabada y disminuida por el trato brutal del medio cultural en que se encuentran”. Wilkins explica que en las décadas del ’30 y ’40 ”La mera tolerancia (de los negros) resultó ser un deficiente sustituto de los plenos derechos de ciudadanía”, y a lo largo de todo el artículo insinúa que la misma situación continúa en vigencia hoy en día. De esta forma, en lugar de hacer frente a prejuicios y discriminaciones, es la tolerancia la que promueve a los dos, en la medida que no sólo enfoca la atención sobre las incompatibles posturas morales y religiosas que existen, sino que también, tanto tácita como explícitamente, repudia a quienes son religiosa e ideológicamente distintos. La dificultad que rodea al concepto de tolerancia no radica tanto en cómo ponerla en vigencia como en reconocer que no sólo no derriba barreras, sino que en lugar de ello las robustece, que no suprime animosidades, sino que las alimenta.

John Gray, académico del Jesus College, Oxford, razona que la tolerancia ”es inevitable e inherentemente opinable. Cuando toleramos una práctica, una creencia o un tipo de comportamiento, damos paso a algo que consideramos indeseable, falso, o por lo menos inferior. Nuestra tolerancia expresa la convicción de que, a pesar de su inconveniencia, el objeto de tolerancia debe ser dejado en paz. Esta es, en verdad, la idea central de tolerancia, tal como es practicada en cosas grandes y pequeñas. De modo que nuestra tolerancia hacia los vicios de nuestros amigos no los hace menos viciosos: más bien nuestra tolerancia presupone que hay vicios.

Por consiguiente, la tolerancia no es una expresión de duda acerca de nuestra habilidad para distinguir el bien del mal; por el contrario, señala la evidencia de que poseemos esa capacidad. La necesidad de un concepto que impida a individuos y grupos juzgar a otros, tanto tácita como abiertamente, evidentemente existe: acaso la solución sea practicar y predicar neutralidad, antes que postular tolerancia.

La tolerancia: ¿virtud o defecto? Si bien el concepto de tolerancia apunta a abrir puertas, pareciera que las cierra, por negar tanto a individuos como a grupos libertad e igualdad de oportunidades. Vale la pena notar que el antiguo idioma hebreo, que fue revivido durante el último siglo y por lo tanto tuvo que adoptar neologismos, define ”tolerancia” exactamente de la misma forma con que se define la palabra ”tolerar”, que significa soportar, sufrir (”Lisbol‑Sevel‑Sovlanut”). El idioma hebreo comparte esta definición con una variedad de otros lenguajes y culturas. De esta forma, contrariamente a lo que propugnan muchos, tolerancia no incluye el concepto de valorización y respeto hacia diferencias, a menos que se aduzca que plantear un tema significa valorarlo. ¿No debiéramos, por ende, dedicar menos tiempo a hablar sobre lo que hemos de tolerar y no tolerar y, en cambio, examinar las diferencias como un medio de aceptarlas, antes que ocultarlas tras un concepto que, en un intento de aceptar diversidades y reconciliar personas, las califica de inferior y las segrega?

Tal como es utilizada hoy en día, la palabra tolerancia emerge como un término ”políticamente correcto” por cuanto, al igual que todos los términos políticos, silencia a todo aquel cuyas ideas son incongruentes con las de uno. En lugar de controlar al extremismo, la tolerancia lo incentiva ya que permite a uno practicar un antiguo principio, el de discriminación, bajo un nuevo ropaje. Como individuos que poseemos nuestra propia ética y escala de moralidad, la sociedad nos demanda un compromiso con la verdad y la fe; pero ese compromiso debe estar atemperado por la humildad y la tolerancia hacia otros puntos de vista; que seamos apasionados, pero no arrogantes; que no condenemos a quienes tienen convicciones que no coinciden con las nuestras. Sin embargo, la tolerancia nutre tanto a nuestra pasión como a nuestra arrogancia.

En lugar de permitirnos celebrar nuestras diferencias como tal vez lo haría la neutralidad, la tolerancia nos induce a enfatizarlas. Además, la tolerancia nos permite dictar juicio sobre otros no sólo con seguridad, sino públicamente, como si nosotros no tuviéramos nada que ocultar. La idea de tolerancia legitima nuestros prejuicios y, al hacerlo así, destruye todos los objetivos que persigue una sociedad democrática: igualdad para toda la gente, fraternidad y libertad.