Austria: Las consecuencias actuales de una inconsecuencia histórica

Estas reflexiones sobre la memoria, la historia y el futuro coinciden temporalmente con el triunfo de la alianza política que posibilitó que se incorporaran al gobierno de Austria con cargo de ministros seis miembros del Partido de la Libertad. Jörg Haider, su exitoso líder creció enarbolando un discurso xenófobo, alabando la figura de Adolfo Hitler, llamando instituciones penales a los campos de concentración y elogiando la actuación de las SS. ¿Cuál es la genealogía de los recientes acontecimientos?

Cada sujeto posee una memoria, mezcla de experiencias en la esfera privada y pública, y de la selectividad que por definición caracteriza a la memoria. A su vez, la yuxtaposición de las memorias individuales, los restos de las lecciones aprendidas en la escuela, los mensajes de los medios de comunicación y la coexistencia de ideologías diversas constituyen el origen de la memoria colectiva.

Desde siempre las sociedades se han ocupado de organizar la memoria. Con tal propósito se le imponen nombres a las calles, se construyen monumentos y se crean museos. Quien haya leído los diarios o paseado por la plaza que conduce a la Biblioteca Nacional se enteró que durante el primer gobierno de Menem se repatriaron los restos de Juan Manuel de Rosas a la Argentina y que sobre el final del segundo se emplazó una estatua de Eva Perón en la zona de la Recoleta. Estos hechos ilustran como la organización de la memoria sigue los corsi e ricorsi de la historia y de la coyuntura política.

En Francia -donde la Segunda Guerra se instala sobre un extendido antisemitismo, que alcanza su expresión más representativa con el caso Dreyfus, sobre el fin del siglo XIX- la memoria de Vichy fue pasando por distintas fases, según precisa el historiador Henry Rousso. Desde la inmediata pos Segunda Guerra hasta la mitad de la década de 1950 se vivió una década de duelo incompleto; luego, durante el período gaullista los franceses se percibían como un país de militantes de la Resistencia, encolumnados tras el general De Gaulle; a esta etapa le siguió el silencio, como lo señala Marcel Ophüls en el film Le chagrin et la pitié (La pena y la piedad) (1); la cuarta fase se inicia en 1974 con el resurgimiento de la memoria en la comunidad judía y, por otra parte, el crecimiento del antisemitismo ideológico y activo que de la mano de Darquier de Pellepoix -comisionado durante el período de Vichy para asuntos judíos- insiste en negar la Shoah (también llamada Holocausto). Contemporáneamente Robert Faurisson construye una historia para probar que la Shoah es un mito(2). Estos discursos se inscriben en el contexto de la mode retro que incluyó una cierta fascinación por la pornografía de la violencia instituida durante el período nazi.

A pesar del apoyo político y económico que la ultraderecha nacionalista le brinda a Faurisson, y de la aceptación que despertaron sus ”hallazgos” en ciertos intelectuales de la nueva izquierda -el excelente lingüista Noam Chomsky prologó uno de sus libros-, la prédica de Faurisson no tuvo la repercusión esperada sobre la opinión pública francesa, según surge de la encuesta realizada en 1987, en ocasión del juicio a Klaus Barbie. Esta investigación indagaba sobre el camino a seguir en relación con los ocurridos entre 1942 y 1944. ¿Olvido o justicia? El 77 por ciento de los franceses optó por el camino de la justicia y solo el 19 por ciento prefirió el olvido (3).

El juicio a Barbie atravesaba los pliegues de las memorias individuales y corría los telones del olvido que habían ensombrecido la memoria colectiva. En el contexto de esta dinámica social y política no es de extrañar que el Estado francés haya procesado a Maurice Papon en 1997, diez años después del juicio que concluyó con una sentencia ejemplar contra Barbie.

Estos hechos constituyen ejemplos paradigmáticos de la dialéctica que genera la reflexión critica cuando se instala sobre escenarios públicos. Durante más de cuatro décadas nadie recordó que Papon, que se presentaba como un ex miembro de la Resistencia, había actuado como secretario general del departamento de Gironde, en los alrededores de Bordeax. Ni que como oficial de Policía a cargo de la ”Cuestión Judía” fue el organizador de los diez convoyes que condujeron a 1.560 judíos de Bordeax a Drancy, cerca de Paris, para que los nazis los enviaran a Auschwitz. (solo cincuenta de estas personas retornaron después de la guerra)

Merced a la falta de memoria colectiva, Papon llegó a ocupar el cargo más alto en la Policía de París (1960) y en la década de 1980 fue Ministro de Presupuesto, durante la presidencia de Giscard d´Estaigne. Para 1990 se habían acumulado graves cargos contra Papon. Sobre esta base en 1997 se inició un juicio que concluyó con su condena.

Los argumentos contrafácticos carecen de valor probatorio. Nadie puede afirmar que si no se hubiera juzgado a Barbie, tampoco se hubiera procesado a Papon, ni que el crecimiento de la ultraderecha nacionalista hubiera sido mayor. No obstante, se observa que en los últimos años las simpatías hacia Le Pen, líder del Frente Nacional, no acompañaron el crecimiento de los partidos con ideologías semejantes en otros países de Europa, especialmente en Austria.

Ciertamente, la actitud y las conductas hacia el período nazi al interior de Austria fueron muy distintas a las de Alemania. Los gobiernos austríacos que se sucedieron cuando el país recuperó la autonomía ni siquiera intentaron darle un barniz estetizante al pasado nazi-fascista, simplemente omitieron su mención.

En la posguerra las medidas de desnazificación impuestas por los Aliados eran percibidas como una forma de intromisión impertinente. Por otra parte, la Segunda República se benefició con la disposición de los Aliados a considerar que Austria era la primera víctima del hitlerismo. Empero, los partidos políticos austríacos levantaban el estandarte de la soberanía ante la ocupación de las fuerzas Aliadas. ¿Se trataba de la misma soberanía que tan tranquilamente habían enajenado en 1938?

En esos años de la posguerra se reconocía que algunos ciudadanos habían colaborado con los nazis, pero simultáneamente se relativizaba su responsabilidad y se trivializaba lo sucedido. ¿Qué importancia tenía que un ”pequeño” país ocultara su pasado nazi? -si esto le permitía recuperar la alegría. Después de todo, Bruno Kreisky, un judío que fue canciller de Austria durante diez años -en la posguerra-, también pensaba que era innecesario recordar el pasado.

Ante el histórico silencio frente al obscuro pasado de Austria, sorprendió que las instituciones judías y otras organizaciones extranjeras condenaron públicamente el triunfo de Kurt Waldheim en las elecciones presidenciales de 1987. Al interior de Austria la gente reaccionó preguntando en voz alta con qué propósito se reabrían viejas heridas. Acaso Kurt Waldheim no había tenido la ”discreción” de falsificar su participación en el servicio militar durante la guerra para no irritar.

Pero la más desconcertante de las reacciones frente a la protesta que se generalizaba fue la del Ministerio de Relaciones Exteriores de Austria. Peter Jankowitsch, solicitó a los historiadores austríacos -mediante una carta oficial, fechada el 28 de noviembre de 1986- que refuten las ”calumnias” de un joven colega británico -Robert Knight- con el objeto de: ”prevenir que se distorsionen grotescamente cuarenta años de la historia de Austria, incluyendo la historia de la resistencia austríaca al nazismo y a todas las formas de fascismo, a causa del impacto de unos pocos hechos recientes”(4).

A diferencia de Waldheim, Haider no fue discreto, no sintió la necesidad de ocultar su admiración por la Alemania del Tercer Reich y su política racista; inclusive legitimó el trabajo esclavo en los campos de concentración y de exterminio al definirlos como ”instituciones penales para civiles”. Lo que nunca aclaró es qué tipo de delitos se sancionaban en estos escenarios. No obstante, si seguimos su línea argumentativa no es difícil colegir qué Haider se refiere a la ”extranjería” en sentido amplio.

Lo que ha venido ocurriendo en Austria con la memoria colectiva coincide con la enseñanza que se desprende del cuento de Jorge Luis Borges, Del rigor de la ciencia. Borges relata que un emperador le encarga a un grupo de geógrafos que tracen un mapa de su imperio. Llevados por el afán de exactitud los geógrafos terminan por hacer un calco del Imperio. Precisamente lo contrario de un mapa porque eliminan el relieve (5).

El olvido/tergiversación de lo relevante -complicidad con el genocidio, explotación de mano de obra esclava, despojo de bienes a los genuinos propietarios para beneficio de las elites del régimen y sus allegados- atraviesa la historia de Austria desde la posguerra hasta el presente. No fue producto de las inevitables fallas de la memoria. Fue parte de la política oficial, como lo indica la carta enviada por Jankowitsch a los historiadores austríacos en 1986. Esta traición a la verdad histórica no solo afecta a las víctimas inocentes de aquel período negro de la historia. Sus implicancias se han proyectado exponencialmente sobre las generaciones de ciudadanos austríacos a las que se les ocultó los beneficios de conocer el reino de la moralidad para poder discernir entre el bien y el mal.

Han transcurrido más de cincuenta años desde que fue derrotado el proyecto internacionalista de Hitler. Finalizada la Segunda Guerra Mundial el proceso de descolonización se acelera y consecuentemente importantes contingentes migratorios de las ex colonias llegan a Europa. Las migraciones al interior del mapa europeo cabalgan sobre la prosperidad de los estados que, a su vez, se benefician con este tipo mano de obra. Los brotes xenófobos y racistas crecen acompañando las confrontaciones interculturales y arrecian cuando los índices de desocupación se elevan, es en estos momento cuando recrudece la tensión entre universalismo y particularismo.

El pasaje de siglo encuentra a gran parte de Europa unificada, por voluntad de los Estados que la conforman, entre estos Austria, y no por decisión de un dictador, como lo proponía el Tercer Reich. Ante el crecimiento de la intolerancia, cuya expresión política son los partidos de ultraderecha nacionalista -que convocan demagógicamente a los sentimientos primarios del pueblo y tergiversan el sentido de la libertad-, los estados miembros de la Unión Europea reaccionaron ante la figura de Haider y su Partido de la Libertad con la precisión que emerge de la memoria de aquellos días de 1938, en los que Francia y Gran Bretaña no opusieron mayores objeciones ante el Anschluss. La ”era global” requiere de nuevas reglas de juego.

Corresponde a la historia reconstruir los escenarios del pasado. El tiempo transcurrido constituye un catalizador que nos libera del peso lacerante de la experiencia vivida y crea las condiciones para entablar un debate crítico entre la memoria y el recuerdo personal, tan útiles para la formación de valores, la lógica de la situación de Cuando el pasado es aun próximo el relato histórico, apoyado en un aparato conceptual se entrecruza con la memoria y los recuerdos.

Por otra parte, el funcionamiento del sistema democrático y de sus instituciones al interior de los países de la Unión Europea es una condición tan necesaria como la concertación de las políticas económicas o el respeto a las normas jurídicas. Ante esta necesidadel crecimiento de los partidos y de los grupos de ultraderecha nacionalista y neo-nazis supone riesgos concretos además de problemas morales.

Las causas de A su vez, despierta interrogantes sobre acerca de los valores que orientaron la educación en Austria en los cincuenta años transcurridos desde la derrota de los regímenes nazi-fascistas en Europa. En el país de Strauss y Bethoven, de Freud y ciertamente, estamos lejos de concebir que hay una sola forma de educar. No obstante, como señala Howard Gardner en su libro The Disciplined Mind los contenidos de la educación deben orientarse en torno a mundos que tienen nombres concretos y una historia que se remonta al principio de los tiempos. Se trata de lo verdadero y su contraparte -lo falso-; lo bello y su ausencia en el mundo de la experiencia y de los objetos, es decir lo feo -el kitsch nazi; y la moralidad – lo que consideramos que es bueno y lo que consideramos malo.

La negación es un mecanismo propio de la conducta humana. Saludable en porcentajes adecuados y peligroso cuando la cuota es excesiva. Pero este mecanismo de negación se incrementa cuando los hechos involucran, en uno u otro sentido, a un actor colectivo. La resistencia de los actores individuales o colectivos a reconocer responsabilidades conlleva la represión de la memoria y se traduce en el ”olvido” y hasta la falsificación de la historia.

Sobre el ”olvido” selectivo se construyen los mitos.


  1. Henry Rousso, Le syndrome de Vichy,1944., Paris, Seuil, 1987
  2. Sobre la posición revisionista de Robert Faurisson y sobre la introducción a Chomski acerca de los escritos de este autor, véase Pierre Vidal Naquet, Asesinos de la Memoria, Buenos Aires, 1997
  3. Le Monde, edición especial, Le proces de Klaus Barbie, Julio de 1987, pag. 8
  4. Carta remitida por Peter Jankowitsch, Oficina del Ministro de Relaciones Exteriores, con fecha 28 de noviembre de 1986. Conocí la carta a través de un historiador allegado a Günther Bischof. El Ministerio consideraba que el equilibrado y excelentemente documentado artículo de Robert Knight constituía una provocación
  5. Jorge Luis Borges, Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1974, Pag. 847 – Buenos Aires, febrero de 2000

* Beatriz Gurevich es socióloga. Ex directora del proyecto de investigación histórica Testimonio. Co-editora con Carlos Escudé del libro ”El genocidio ante la historia y la naturaleza humana”. Autora del libro ”Proyecto Testimonio”. Ha escrito numerosos artículos sobre el tema. Presidente de FUNDAR CULTURA.