Un Recuerdo de Raoul Wallenberg

Hay cosas que uno quiere enterrar en sí mismo, nunca quiere hablar de ellas, pensando que puede olvidarlas más fácilmente. Yo también escondí en mí algo por más de veinte años, y cuando pensé que ya estaba enterrado para siempre, alguien me hizo hablar. Fue una gran sorpresa cómo brotaron las palabras de mí, y realmente tenía que tranquilizarme a mí misma, porque quería relatar de golpe, cien veces más rápido de lo que podía seguir mi máquina de escribir.

Si escribiera una obra de teatro empezaría así: escena Budapest. Agosto del año 1944, Seminario Rabínico de la calle Rôkk Szilard, el cual en aquel tiempo era usado como campo de concentración; ”Lager” judío. En el ”Lager” en aquel entonces, quedaban por un milagro solamente 136 personas, por que desde el 20 de abril de 1944 tres veces por semana deportaban a la gente a Auschwitz. Es posible que a los lectores tenga que explicar que clase de ”Lager” era Rôkk. Aquí internaban a los judíos capturados en las calles , a la gente de ”Svabhegy” (barrio residencial de Budapest, comando central de la Gestapo). Después de torturar a la gente, la internaban en ”Rôkk” junto a los extranjeros y a los denunciados.

Después de esta introducción quiero retornar a los 136 judíos, tristes y vejados, quienes en la total incertidumbre no sabían que les pasaría. ¿Qué destino les preparaba la Gestapo? ¿Tirarlos al Danubio, o mandarlos a Auschwitz? Estaban deprimidos y desesperados. El ”juicio final” no había llegado aún para ellos. Cada uno tenía su propia tragedia. Como los miles y miles, a quienes antes los llevaron sin que pudieran contar sus tragedias personales. Los 136 estaban unidos en la desgracia; qué pasaría con ellos? Una mujer, llorando, contó que no sabía por donde estaría su hijita de dos años. A ella la habían capturado en plena calle, el marido estaba en trabajo forzado, a los padres de la provincia hacía tiempo que los habían llevado a Auschwitz. A la nena la dejó en la casa de vecinos y se fue a conseguir alimentos, pero no pudo volver más a su hogar. Había gente que dejó en su casa al padre y a la madre paralíticos . Había apáticos, porque ya no sabían nada de los suyos. Amargura, quejas, llantos, pesimismo indescriptible. El renunciamiento a la vida caracterizó al pequeño grupo humano. Una sola esperanza tenían, empezaron a evocarlo con miedo, y este optimismo se llamaba ”Wallenberg”.

Tengo que hacer un pequeño intervalo. Me pregunto; ¿saben ustedes quién era Wallenberg? Lo compararía con un arco iris, que brillaba sobre nuestro cielo negro. Como única posibilidad y solución para la salvación de los judíos. Diplomático sueco, se encargó que, en nombre de su patria se organizase una acción de salvación de los judíos condenados a muerte. Hizo un trabajo sobrehumano. Dormía de noche solamente dos o tres horas. Súbitamente aparecía en la estación del ferrocarril y sacaba de los vagones a muchos deportados. A veces aparecía en la provincia, para rescatar seres humanos, o se hacia presente en la sede de los nazis húngaros, para salvar a los judíos condenados a morir por fusilamiento. Infatigable, de gran coraje, tenia prestigio hasta en las filas de los nazis. Veo aún su figura espigada cuando a mi (que tenia el Schutz-Pass sueco en mi posesión) con otros cientos de personas, nos salvo de la deportación a Auschwitz. Oigo su voz firme cuando advierte a los nazis (nyilas) húngaros que si no eran respetados los convenios con los suecos, entonces aquellas circunstancias serían comunicadas a su gobierno. Peligraba su vida en muchos casos, pero él no retrocedía. Seguía su camino, aunque se tratara de salvar a una sola persona.

Es por ello que los 136 de la calle Rôkk Szilard pensaron en él como el salvador de la situación en que se encontraban. Mas era una esperanza muy remota. Sabían que las manos de Wallenberg también estaban atadas. La embajada sueca tenía derecho de emitir solamente 200 Schutz-Pass para personas con parientes en Suecia o que tuviesen relaciones comerciales con empresarios de ese país. Conseguir los Schutz-Pass era difícil porque en aquellas circunstancias hasta las autoridades suecas no querían sobrepasar el contingente acordado: 200 autorizados. Pero de boca en boca pronunciaban el nombre de Wallenberg, quien levantó su voz en nombre de los judíos oprimidos.

Aquí tengo que interrumpir mi relato, y presentarles al ángel del ”Lager”; llamado Anna. Era una rubiecita alta y muy bonita. A ella también la apresaron por extranjera, y por su conocimiento del húngaro y del alemán cumplía la misión de intérprete. Hacía meses que estaba internada en el ”Lager”. Anna era el ángel guardián de los internados. Ella introducía las cartas de los familiares, conseguía pan para los internados hambrientos. A veces llegaba a sus manos jabón, que en aquel entonces parecía un tesoro. Logró que aquellos que tenían ropa interior sobrante la pasaran a los necesitados. Con lágrimas la recuerdo, porque después de Wallenberg, ella fue la heroína de esta historia. Gracias a sus relaciones en Suecia, Anna obtuvo para sí y para sus padres el Schutz-Pass sueco. El día en que llevó al Lager los documentos propios de salvación se encontró con la situación de que había llegado una orden secreta de la Gestapo: todas las personas sin documentos serian deportadas a Auschwitz. Encontró a los 136 reunidos en la sala de gimnasia llorando, y uno de ellos con quemante angustia le dijo: ”Anna, solamente tú puedes salvarnos”. Con voces de locura empezaron a gritar: ”Anna, ayúdanos!”. Ella con voz llorosa pregunto: ”Qué puedo hacer yo por ustedes?”, ”Vé a buscar a Wallenberg, habla con él”. Y Anna cedió a la imploracion. ”Buscaré a Wallenberg!”, dijo. La reacción fue indescriptible; la abrazaron, la besaron, y algunos empezaron a orar esperando el milagro.

Anna, con el Schutz-Pass en el bolsillo, quitándose la estrella amarilla, juntó sus últimas monedas y tomó un taxi (que era prohibido para los judíos). La angustia era la íntima compañera de Anna. Si la capturaban la alternativa era el fusilamiento, morir ahogada en el Danubio o la deportación a Auschwitz. Le dio al taxista la dirección de la embajada de Suecia: Gellert Hegy. Durante el viaje su preocupación era cómo entraría a la Embajada tan vigilada por la policía. Pero la suerte acompañaba a Anna. Era el horario de oficina .La puerta permanecía abierta, y Anna ingresó. En la embajada trabajaban dos judíos húngaros, quienes celosamente vigilaban la otorgacion de los Schutz-Pass, temiendo que estos perdiesen validez en caso de una emisión superior a lo permitido por los alemanes. Concluyó el horario de atención al público y conminaron a los presentes a dejar el edificio. Trabajaba en la embajada una condesa de apellido Nako, de buena voluntad para ayudar a los judíos. Anna pensó en llegar a Wallenberg por intermedio de ella. Pero ni la condesa ni Wallenberg estaban en el edificio. Ante el dilema, Anna obró muy rápido. Sabía cuál era la oficina de Wallenberg y penetró en ella, escondiéndose detrás de la pesada cortina de terciopelo. Largas horas de incertidumbre vivió Anna, siempre pensando en la desgraciada gente condenada de la calle Rôkk.

Los dos ayudantes húngaros de Wallenberg entraron a la oficina en varias oportunidades. Discutían entre ellos acerca de la excesiva benevolencia del jefe y la emisión desmedida de Schutz-Pass. Finalmente, según ellos, los nazis no respetarían estos documentos. La situación de Anna no admitía mas dilaciones. Esperaba a Wallenberg y tenía fe en su corazón. En una noche diabólica en medio de los bombardeos, por fin llegó Wallenberg. Se podía oír su conversación en alemán con los dos judíos. Fue entonces que Anna, con coraje salió del escondite pronunciando las palabras: ”Herr Wallenberg Sie mussen uns helfen” (Señor Wallenberg usted tiene que ayudarnos). Los dos de la oficina quedaron petrificados. Anna perdió el dominio sobre sí misma y comenzó a llorar y a implorar a Wallenberg por los 136. Conmovido, el diplomático sueco preguntó cuántos Schutz-Pass habían sido emitidos hasta la fecha. Los dos protestaron vehementemente, que para un grupo tan grande no se podían emitir los documentos, porque perderían validez los anteriores. Además, no tenían tantos formularios como los exigidos. Anna muy agitada empezó a gritar: ”Por escasez de solicitudes llevarán a la cámara de gas a 136 personas?”, Wallenberg pidió silencio. Se notaba que quería ayudar pero, cómo se justificarían ante los superiores suecos y ante los nazis húngaros? Anna presintió que había ganado la batalla. Se dirigió a los dos ayudantes preguntando cuántas solicitudes tenían a mano. La contestación fue ”cincuenta formularios”. Justo los necesarios, ya que cada uno tenía tres ejemplares, y así podían representar formularios para 150 personas; un ejemplar para cada uno. Wallenberg estaba conforme con esta solución, condicionándola a que Anna volviera a Lager y a las 4 de la madrugada regresara con los documentos.

Anna salió de la embajada muy agitada, llevando como un tesoro preciado a aquellos formularios. Buscaba un taxi. Se intensificaron los bombardeos y los riesgos de vida. Pero la providencia vino en su ayuda . Un taxi tardío paso por aquel lugar. Anna le ofreció toda el dinero que tenía y así pudo volver al Lager. Allí abrió la puerta el cabo Lali, quien en toda ocasión se había mostrado bien predispuesto y había colaborado con Anna en el contrabando de la correspondencia y medicamentos. El tiempo para volver a la embajada era muy corto. Había en el Lager un ingeniero químico, que llevó a cabo un trabajo sobrehumano en las pocas horas que quedaban. Había viajado muchas veces a Suecia y tenía relaciones comerciales con este país. Empezó a llenar solicitudes. Sin él no me imagino qué hubiera pasado. Realizó un trabajo excelente.

Alrededor de las 3 de la madrugada las solicitudes estaban listas. En ese momento, oímos golpes en la puerta. Pensamos que nuestro trabajo había sido inútil, y que llegaban los camiones para la deportación. Para nuestra gran sorpresa era K. Pista, un ex-preso del Lager, a quien habían llevado a una compañía de trabajo forzado. Se había escapado de allá, y vistiendo insignia y uniforme nazi, y con revólver en mano, se introducía en los lugares de detención diciendo que venía por los judíos para fusilarlos. Los sacaba de allí y los escondía. Así salvo a mucha gente. Era un trabajo peligroso. Relató que tuvo conocimiento de que los alemanes querían cerrar el Lager y deportar a todos. Anna sintió que la providencia había mandado a Pista, porque temblaba con la sola idea de volver sola en la noche con los formularios a la embajada sueca.

Pista era un muchacho de 1,90 m., rubio, musculoso y corajudo. Después de la guerra supe que los nazis lo fusilaron cuando descubrieron su verdadera actividad; la de salvar judíos. Era una persona extraordinaria. En aquella noche crítica todavía pensaba que gozaba de la plena confianza de los nazis.

Pista encontró adecuada la solución de los Schutz-Pass para salvar a este grupo de gente. Agarraron los formularios y emprendieron a pie el regreso a la embajada. La travesía fue terrible -entre bombas y más bombas, y tiroteos continuos- escondiéndose a veces, otras corriendo, llegaron por fin a la embajada. Al golpear la puerta, los dos ayudantes manifestaron que Wallenberg estaba durmiendo y tenía solamente 2 o 3 horas de descanso, por lo que no se lo podía despertar. Pista, con fuerza empujó la puerta y a los dos hombres y preguntó por la habitación de Wallenberg. Para gran sorpresa estaba vestido, no había dormido en toda la noche, y los esperó con las palabras: ”Alles ist erledigt!”(todo está arreglado). Dio la orden de que comuniquen a la guardia del Lager que los 136 estaban bajo la protección del estado de Suecia. Anna se desmayó, mientras Wallenberg con Pista verificaban los Schutz-Pass.

Así era el hombre Wallenberg. Hablaba poco, pero siempre decidido, de gran coraje y dispuesto a ayudar siempre al necesitado. Las palabras de agradecimiento de Anna no las escuchó y rogó porque se fuese a descansar.

A las 8 de la mañana y con la conducción de Pista, los 136 estaban fuera del Lager. Se dispersaron y cada uno buscó un refugio. De sus destinos nunca supe nada, exceptuando Anna, a quien los nazis fusilaron.

Acá termina este triste episodio. Pienso en la grandeza de Wallenberg, quien en circunstancias misteriosas desapareció. También en Anna y Pista asesinados. En los que conocía, y en los desconocidos.

Que Dios les dé eterno descanso después de tanto sufrimiento. Llevo sus memorias en mi dolorido corazón.

Este articulo fue publicado en su idioma original en el semanario ”Hatikva” de Buenos Aires, en diciembre de 1964. En agosto de 1986, fue traducido del original húngaro al castellano por la misma autora.

*Marta Weiser es sobreviviente del Holocausto, salvada por Raoul Wallenberg.