Octubre 29, 2002

A 37 años de Nostra Aetate se recuerda una obra señera del arte argentino

Reproducción del boceto: "Basílica de la Anunciación – Nazareth" – Raúl Soldi

El 28 de octubre de 1968, Raúl Soldi, uno de los máximos exponentes de la plástica hispanoamericana, presentaba al mundo una de sus más importantes realizaciones: ”Basílica de la Anunciación, Nazareth”. Invitado por la organización interconfesional Casa Argentina en Israel Tierra Santa, a través de su fundador Baruj Tenembaum, el maestro Soldi elaboró un fresco de seis metros de alto por dos y medio de ancho junto a uno de los seis altares de la cúpula de la Basílica de la Anunciación en la ciudad de Nazareth. Erigida sobre la ruta en que vivió la Sagrada Familia y donde transcurrió la infancia de Jesucristo, artistas del mundo entero han contribuído a hacer de ese templo católico un exponente del arte eclesiástico contemporáneo.

El día elegido para la inauguración no fue casual: se trata de la fecha en que fue aprobado el documento papal ”Nostra Aetate” declaración que redefinió la relación de la iglesia católica con las demás religiones. Proclamada por el pontífice Paulo VI, los fundamentos de Nostra Aetate fueron emplazados por el Concilio Vaticano II, una reunión de obispos de todo el mundo convocada por el Papa Juan XXIII (Angelo Giuseppe Roncalli, 1881 – 1963) quien en 1944, en su carácter de Delegado Papal en Estambul, Turquía, se había destacado por salvar del exterminio a decenas de miles de personas, en su mayoría judías, perseguidas por el nazismo.

Representando a la Argentina, el maestro Raúl Soldi, compuso una obra que simboliza la leyenda de la Virgen de Luján. Un ombú ubicado en la parte superior, fue la forma elegida por Soldi para prefigurar la silueta de la Basílica rodeada por ángeles. La imagen de la Virgen emerge del follaje del ombú (árbol típico de la Pampa argentina) y el arcángel Gabriel se asoma entre las ramas. En la parte inferior, un grupo de viajeros contempla el lugar en que la Virgen eligió quedarse, según cuenta la tradición.

Las figuras humanas fueron pintadas al fresco mientras que el resto del mural posee incrustaciones de piedras de colores provenientes de distintos puntos de la Argentina que forman una composición a la manera de la cerámica bizantina. El monumental trabajo que millares de turistas contemplan año a año le demandó al artista tres meses de intensa labor, período de tiempo durante el cual fue asistido por la comunidad islámica de Nazareth.

LA VIRGEN DE LUJAN: Su historia

Cuenta la leyenda que hacia 1630 arribó al puerto de Santa María de los Buenos Ayres una carabela entre cuyo cargamento se encontraban dos estatuas de terracota. Una de ellas pertenecía a Nuestra Señora de la Consolación. El destino de ambas imágenes era la localidad de Sumampa, en la provincia de Santiago del Estero, en el norte argentino, donde un residente portugués pensaba erigir una capilla. Las dos estatuas fueron enviadas con una caravana que luego de tres días de marcha llegó hasta las orillas del río Luján donde una de las carretas no pudo seguir adelante por razones inexplicables. El vehículo fue alivianado quitándole una caja y la carreta avanzó; más cuando la caja fue nuevamente colocada en su interior los bueyes no pudieron hacerlo avanzar. Uno de los viajeros abrió la caja y encontró la imágen de la virgen que finalmente fue dejada en ese lugar en donde un santuario se construyó para venerarla: la que sería la futura Basílica de Nuestra Señora de Luján.

RAUL SOLDI: Un artista argentino de valores universales

Pintor argentino (1905-1994). Representó a través de su delicada paleta, típicos personajes del circo y del teatro, como así también composiciones de paisajes, retratos y naturalezas muertas. Estudió en la Academia de Brera, Milán. En 1953 pintó los frescos de la Capilla de Santa Ana en la localidad de Glew a escasos kilometros de Buenos Aires y en 1966 la cúpula del Teatro Colón, el máximo coliseo de la danza y la lírica en la Argentina. Obtuvo, entre otros, el Primer Premio en el Salón Nacional de 1947, en la Bienal de San Pablo de 1958. En 1951 recibió el Premio Palanza otorgado por la Academia Nacional de Bellas Artes y en 1982 el Premio Konex Canon.