Noviembre 21, 2006

La nueva biografía de Juan XXIII desmiente numerosos lugares comunes

Fuente de prensa:

Entrevista al sobrino nieto del pontífice, el periodista y ensayista Marco Roncalli

ROMA, martes, 21 noviembre 2006 (ZENIT.org).- La historia del beato Papa Juan XXIII es todavía centro de un intenso debate y de numerosos lugares comunes que deforman su figura intelectual y espiritual.

Para hacer claridad sobre el tema, se acaba de publicar el libro en italiano de Marco Roncalli «Juan XXIII – Angelo Giuseppe Roncalli. Una vida en la historia» («Giovanni XXIII – Angelo Giuseppe Roncalli. Una vita nella storia»), de la Editorial Mondadori.

El autor es el sobrino nieto del Papa Juan XXIII, quien entre otras cosas ha sido también editor de la correspondencia (1933-1962) entre Loris Francesco Capovilla, Giuseppe De Luca e Angelo Giuseppe Roncalli, publicada este año por Ediciones de Historia y Literatura (http://www.storiaeletteratura.it).

La importante biografía del beato Angelo Giuseppe Roncalli será presentada en el teatro «Alle Grazie» de Bérgamo, Italia, el próximo 24 de noviembre por el arzobispo Loris Capovilla, que fue secretario del Papa Juan XXIII, y por monseñor Gianni Carzaniga, presidente de la Fundación Papa «Giovanni XXIII».

Para profundizar en toda la aventura humana y espiritual de Angelo Giuseppe Roncalli y explorar las reales expectativas del Papa sobre los problemas de la fe y el anuncio del Evangelio, Zenit ha entrevistado a Marco Roncalli.

–¿Cuáles son los lugares comunes que pretende desmentir sobre la historia humana y espiritual del beato y amadísimo pontífice Juan XXIII?

–Marco Roncalli: Diría que son muchos. Emergen con claridad si se revisan con atención todas las fuentes de Angelo Roncalli, en especial aquellas inéditas: pienso en ciertos cuadernos juveniles, en las agendas o diarios, en algunos epistolarios y colecciones de homilías, pero me refiero también a documentación relativa a su figura, que ha emergido en varios archivos y conocida por pocos especialistas en los congresos más recientes.

Y podemos empezar desde lejos. Pensemos en el gastado cliché de un Roncalli campesino, casi depositario de una sabiduría ancestral. Es verdad que las raíces son importantes, su familia también, pero no olvidemos que entró siendo niño en el seminario y aquella fue su nueva familia. El seminario formó al hombre y al hombre de Iglesia.

En suma, la extracción social de Roncalli no es un hecho secundario (si bien común a gran parte del clero septentrional italiano a comienzos del siglo XX): derivan probablemente de allí cierta tenacidad y constancia, unidas a un fuerte sentido práctico y al respeto de los tiempos necesarios en cada ciclo (emblemáticamente, el momento de la «siembra» y el de la «cosecha» o la «fidelidad a la tierra»), todos elementos de su carácter. Y de ahí deriva también una cierta armonía entre naturaleza y sobrenaturaleza, un modo de vivir el presente mirando al futuro con una confianza incondicional en la providencia de Dios. Pero, repito, el cliché de Roncalli producto exclusivo de una cultura campesina, o del chico del campo llegado a Papa que no olvida a los «últimos», como si justo las raíces de Roncalli «sic et simpliciter» pudieran explicarnos todo, no se sostiene por sí solo. En cambio, empezando por los años del seminario, sin romper o atenuar el lazo con los suyos y su tierra, madura pronto en él la conciencia de ser miembro de la Iglesia universal. Elegido Papa, dijo enseguida que su familia era el mundo.

Otro cliché es el de un Roncalli demasiado sencillo, mientras que quien estudia su vida tiene ante sí una figura compleja, pero una figura en la que la cultura ha tenido un papel importante, los estudios, los encuentros con escritores, filósofos, teólogos, etc., a lo largo de toda la vida.

Así, explorando los archivos, encontramos a un jovencísimo Roncalli que es ciertamente el conocido hasta ahora por «Diario de un alma», su compendio espiritual, pero también un seminarista muy sensible, atento a los horizontes más vastos de la cultura de su tiempo. Lo vemos en el alba del siglo XX, consciente de la relación problemática entre tradición y renovación, de la necesidad de una progresiva atención de la Iglesia a las nuevas instancias culturales.

Quien, por ejemplo, lee un cuaderno suyo de apuntes inéditos titulado «Ad omnia», ve cómo se interroga no sólo sobre el fenómeno del «modernismo», una tempestad a través de la cual pasa también él, sino también sobre el «americanismo»: monseñor John Spalding, John Ireland, el cardenal James Gibbons, con sus hipótesis eclesiológicas, su concepción de la confrontación ineludible entre el cristianismo y la modernidad.

Otro punto: a menudo se ha hecho pasar al Papa Juan por un Papa débil, que sufría. En cambio, basta leer sus agendas o diarios para darse cuenta de cuánto sabía moverse con decisión. Algunos biógrafos han dicho que Juan XXIII leía en el último minuto textos preparados por otros. Es totalmente falso. Varias notas de diario documentan jornadas enteras dedicadas a escribir de su puño y letra discursos. Escribe por ejemplo el 28 de junio de 1962: «Jornada de vigilia de San Pedro: dedicada totalmente a preparar el discurso en San Pedro después de las Vísperas. Me costó un poco el componerlo, palabra por palabra como hago, y todo yo mismo en estas circunstancias. Pero en fin, aunque no siempre esté encantado conmigo mismo, estoy contento de cumplir una función, y de transmitir al clero y a los fieles un sentimiento que es totalmente mío. Papa lo soy por voluntad del Señor que me es buen testimonio: pero ser un papagallo que repite de memoria el pensamiento y la voz de otros verdaderamente me mortifica».

Ciertamente había nacido –por utilizar un eslogan– «para bendecir y no para condenar», pero su ser humilde o amable no equivalía a ser débil o acomodaticio. Ciertamente era menos «decisionista» que su predecesor, sin embargo dejaba a un lado la mansedumbre cuando se convertía en una coartada para los demás.

Pienso en mayo de 1962, cuando tenía lugar la llama crisis de la exégesis bíblica, y dada la inactividad de la homónima comisión, por no hablar de las fricciones respecto al trabajo del cardenal Agostino Bea, cada vez más activo en la preparación del Concilio, escribió al cardenal Eugenio Tisserant una carta que parece un ultimátum: «O la comisión bíblica se mueve, trabaja y provee, sugiriendo al Santo Padre medidas oportunas a las exigencias de la hora actual; o vale la pena que se disuelva y la autoridad superior provea ‘in Domino’ a una reconstitución de este organismo. Pero es necesario absolutamente quitar la impresión sobre las incertezas que circulan por aquí y por allá, y no honran a nadie, de temores acerca de posturas netas que conviene tomar sobre orientaciones de personas y escuelas […] Sería motivo de gran consuelo si con la preparación del concilio ecuménico se pudiera lograr una comisión bíblica de tal resonancia y dignidad que se convirtiera en punto de atención y de respeto para todos nuestros hermanos separados que, abandonando la Iglesia católica, se refugiaron como refugio y salvación bajo las sombras del Libro sagrado, diversamente leído e interpretado».

Este dato emerge también en las relaciones con sus colaboradores. Cuando alguno hacía algo que no le gustaba aún atento a salvaguardar las relaciones, no temía darlo a entender a su interlocutores.

Sucedió especialmente con el cardenal Alfredo Ottaviani, pero también con el cardenal Angelo Dell’Acqua. ¿Un ejemplo?

Este último, al día siguiente de la crisis del gobierno italiano del invierno de 1961 centrada en Fanfani– se dio cuenta de que el Papa está más bien frío con él. ¿Motivo? Se vino a saber que el sustituto de la Secretaría de Estado Dell’Acqua había comido en casa de Fanfani y la cena familiar se convirtió gracias a los chismes de la Curia, en un encuentro para la definición del equipo de Gobierno con el papel relevante de Dell’Acqua. La pronta clarificación del sustituto fue ocasión para que el Papa se desmarcara de las cuestiones políticas italianas: «¡Me habían dicho otra cosa y lo siento! Nosotros no podemos ocuparnos en cuestiones que corresponden exclusivamente al estado italiano; no somos nosotros quienes debemos intervenir en esta materia, ¡compilar una lista! Estaba dispuesto a retirarle mi amistad».

Los ejemplos con Ottaviani son más numerosos. Y así Juan XXIII interviene directamente ante Ottaviani, cuando está preocupado de la identidad del Santo Oficio que corre el riesgo de no ser ya como escribe en su diario ese «monasterio de estrechísima clausura, dejado a su tarea, severo ciertamente pero reservadísimo, en cuanto concierne a la vigilancia, la custodia, la defensa de la doctrina y de los preceptos del Señor», que deja de ser la «Suprema Congregación de la que el Papa es el verdadero Superior» y «de cuya autoridad todo debe depender y de derecho y de hecho depende, al menos en los asuntos más importantes y significativos», sino el «baluarte» en torno al cual, aún en la perspectiva de defender los valores cristianos, se acaba por hacer política de poca monta…

También recientemente se ha hablado de un Papa ingenuo ante Nikita Jruchov [secretario en ese momento del Partido Comunista de la Unión Soviética, ndr.]. Leemos lo que escribe Juan XXIII en el diario el 20 de septiembre de 1961, después de que por primera vez, comentando el radiomensaje papal del 10 de septiembre, el líder soviético hablaba bien del Papa. Este es su comentario íntimo: «Por la tarde en la televisión dan la noticia de Jruchov, el déspota de Rusia, sobre mis llamamientos a los hombres de estado por la paz: respetuosas, calmadas, comprensibles. Creo que es la primera vez que las palabras que invitan a la paz de un Papa hayan sido tratadas con respeto. Creerse la sinceridad de las intenciones de quien tiene a gala profesarse ateo y materialista, aunque hable bien de la palabra del Papa, es otra cosa. Mientras tanto, mejor esto que el silencio o el desprecio. ”Deus vertat monstra in bonum”». ¿Puede bastar?