septiembre 14, 2010

Compromiso

Antes de dar mi primera clase, no esperaba mucho. Estaba concentrada en el contenido mismo, es decir, en qué diría, y también, en cómo lo diría, en qué momento hablaría y en qué momento me callaría. Y sin embargo, gran parte del tiempo, la clase no se desarrolló del modo en que lo había planeado.

Me encontré con varias sorpresas. En primer lugar, pensé que lo que más les iba a gustar a los chicos, era el momento de ver el video. En segundo lugar, pensé que disfrutarían de poder responder a las preguntas que les fuéramos a formular. Pero no fue así. Me dí cuenta de que lo que más los motivó fue el hecho de que un « aire nuevo » entrara en el aula: No veníamos a tomarles un examen ni a cumplir con nuestra carga horaria, no les exigíamos prolijidad en el cuaderno pero sí reflexión y compromiso. No veníamos a establecer respuestas pero sí a hacer surgir nuevas preguntas.

En los grupos en los que me tocó participar, noté que los chicos entraban en confianza fácilmente: asociaban nuestros planteos con situaciones personales de todo tipo, desde problemas con los amigos hasta tragedias familiares. Cuando tratamos el tema de la discriminación, una alumna no dudó en decirnos que « los judíos también discriminan ».

Las ideas y opiniones que aportaron fueron en todo momento interesantes, legítimas, y enriquecedoras para todos; aunque en ciertos momentos, debíamos abordar algunas de sus afirmaciones de manera más profunda, no para cambiarles su forma de pensar, sino para que tuvieran más herramientas de reflexión : ¿Es lo mismo el prejuicio que la discriminación? ¿Es lo mismo el prejuicio que el acto violento y concreto en contra de alguien que es diferente? Y en otra ocasión ¿Toda « virtud » es positiva y todo « defecto » es negativo?

También constaté que cuando tratábamos alguna cuestión sin subestimar su madurez, ellos respondían del mismo modo. Y si bien abordábamos diferentes temas relacionados, tarde o temprano, debíamos mencionar a Roul Wallenberg, junto con sus valores y su legado. Si bien nadie lo conocía (o lo confundían con Schindler), la mayoría se sentía intrigada por su vida, nos preguntaban, hasta luego de finalizar la clase, « ¿Pero él no era judío? ¿Cómo hizo para salvar tantas vidas? ¿Cómo es que no se sabe si murió o no? ».

Y así concluía la hora y veinte en el aula. Con un silencio o con un aplauso, pero con el vocabulario enriquecido, con el pensamiento estimulado, con la aceptación de que, así como existe la inclinación al bien, existe también la inclinación al mal, pudiendo estas inclinaciones convivir en una misma persona. Y asumiendo que, quizás no podamos ser como Wallenberg, pero sí recordarlo como fuente de inspiración, trayendo su heroísmo a ciertas circunstancias de la vida cotidiana.

Paula Ini
Programa Educativo Wallenberg en la Escuela
Fundación Raoul Wallenberg