Septiembre 27, 2004

Palabras del Obispo Huber, Presidente del Consejo de la EKD

Palabras en el acto de inauguración de la réplica del Mural Conmemorativo de la Catedral de Buenos Aires en la iglesia Vaterunser de Berlín, 26 de septiembre de 2004.

El diálogo entre Dios y Abraham en Génesis 18 es una de las tradiciones bíblicas más famosas. Los pecados de los hombres en Sodoma y Gomorra exceden todas las medidas. Los gritos de los víctimas provocan en Dios el deseo de juzgar los hechos de los culpables. Dios inicia a Abraham en sus planes. Preocupado, Abraham ruega para la ciudad de Sodoma.

Entonces Abraham se acercó y dijo: –”¿Destruirás también al justo con el culpable? Quizás haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿la destruirás con todo y no perdonarás el lugar por causa de los cincuenta justos que estén dentro de ella? Lejos esté de ti hacer tal cosa: hacer morir al justo con el culpable, y que el justo sea tratado como el culpable. ¡Lejos esté de ti! El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?»

Entonces respondió Jehovah: –«Si hallo en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré todo el lugar en consideración a ellos.»

Abraham está negociando con el Señor del mundo y le pregunta a Dios que pasaría si hubiese solamente 45, 40, 30 o 20 o, en fin, no más de 10 justos en Sodoma. Dios le promete a Abraham no destruir la ciudad si allí hubiese tan sólo 10 justos.

”Por favor, no se enoje mi Señor, si hablo sólo una vez más: Quizás se encuentren allí diez …”
Y Dios respondió: –”No la destruiré en consideración a los diez. [Gen. 18,16-33]”

En Sodoma no había siquiera diez justos. Los ángeles del señor buscan a Lot y su familia para sacarlos de la ciudad antes de que Dios hiciese llover azufre y fuego del cielo. Solamente cuatro personas se salvan: Lot, su mujer y las dos hijas.

La biblia nos muestra de forma impresionante al hombre Abraham, reclamando justicia a Dios. El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo? De Dios sabemos que no deja morir a ningún inocente. Los ángeles salvan a la familia de Lot.

En el año 1997 un mural conmemorativo fue inaugurado por el Cardenal Antonio Quarracino en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Ese Mural se considera mundialmente el primer memorial para las víctimas de la Shoah dentro de una iglesia. Lo hecho por el Cardenal Quarracino y el señor Baruj Tenembaum de la Fundación Wallenberg merece admiración y repercusión mundial. Difícil es expresar la fuerza simbólica de este Mural con palabras. Entre dos vidrios se encuentran hojas de libros de rezo, rescatadas de las ruinas de los campos de concentración de Treblinka y Auschwitz, así como del gueto de Varsovia.

No vino ningún ángel para proteger y salvar los hombres de la calamidad y del daño en los campos de exterminio. No había gracia.

Tampoco había un ángel guardián para advertir a los hombres en Buenos Aires el 18 de julio de 1994. A las 9 .53 un coche bomba explotó ante el centro cultural y comunitario judío y mató a 85 hombres y mujeres inocentes. Más de 300 fueron heridos gravemente.

El Mural contiene las tapas de dos libros: uno de cuentos en lengua iddish, encontrados en las ruinas de la AMIA. La otra tapa pertenecía a un libro rescatado por los equipos de rescate que buscaban sobrevivientes del atentado a la embajada israelí, en Buenos Aires en 1992.

Otro pedazo, una Hagadá, viene de un campo de concentración cerca de Toulouse, la zona que estaba bajo la administración del gobierno de Vichy.

Martin Niemöller, el protagonista de la iglesia confesora no le reclamaba justicia a Dios tal como lo había hecho Abraham. Pero, con pena confesó ante Dios:

”Cuando los nazis detuvieron a los comunistas, me quede callado, ya que no era comunista. Cuando llevaron presos a los demócratas socialistas, me quedé callado, ya que no era socialista. Cuando detuvieron a los sindicalistas, me quedé callado, ya que no era sindicalista. Cuando detuvieron a los judíos, me quedé callado, ya que no era judío. Cuando me detuvieron a mí, ya no había nadie para ayudarme”.

En una conversación en la mañana del 8 de marzo de 2001 la idea de instalar una réplica del Mural en una iglesia de Berlín se estaba concretando. El creador de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, Baruj Tenembaum, había ido a visitar el despacho del Plenipotenciario del Consejo de la EKD en Berlín para hacer contactos. El día antes el señor Tenembaum había tenido una recepción con el entonces presidente de Alemania, Johannes Rau. Se hablaba intensamente sobre las actividades de la Fundación que, siendo una organización no gubernamental, se dedica a la investigación y a la memoria del diplomático sueco Raoul Wallenberg, quien durante la Segunda Guerra Mundial había salvado a miles de judíos húngaros de la persecución nazi.

Cuando el señor Tenembaum en el despacho del Plenipotenciario del Consejo de la EKD refería a su encuentro con el Presidente Federal y presentaba las múltiples actividades de la Fundación, surgió la idea de colocar una réplica del Mural de Buenos Aires en una iglesia de Berlín, construyendo de esa manera un puente entre las dos ciudades y subrayando la causa común en la lucha contra intolerancia y a favor de la reconciliación y el entendimiento entre las grandes religiones monoteístas. Además, el proyecto iba a insertarse en el programa de cooperación de las ciudades Berlín y Buenos Aires, cuyo décimo aniversario estamos festejando ahora.

Y hoy, finalmente, inauguramos la réplica del Mural en la iglesia Vaterunser. Estoy profundamente emocionado de poder instalar aquí en Berlín este signo de la memoria a la entonces cometida injusticia criminal y de nuestra unión con el pueblo judío, en la misma ciudad en que el Holocausto fue concebido y hecho realidad.

Tuve ocasión de meditar sobre la dimensión profunda del acto de hoy en una conversación reciente con el Cardenal Walter Kasper, quien también me contaba de su visita en Buenos Aires y de la distinción especial que había recibido por la Fundación Raoul Wallenberg. Me pidió saludarlos cordialmente a todos aquí y, sobre todo a usted, estimado señor Tenembaum.

Inauguramos además el Mural en una iglesia que está en la vecindad de la comunidad sueca y de la Escuela Birger Forell. De esta manera, la memoria al diplomático sueco Raoul Wallenberg, que está a cargo de su Fundación, señor Tenembaum, se une con la memoria del pastor Birger Forell, quien durante muchos años fue el pastor de la comunidad sueca. Durante el nazismo el pastor Forell se hacía cargo de judíos perseguidos y, en los años posteriores al conflicto bélico, se ocupó incansablemente de los refugiados de guerra. ¡Dos grandes suecos cuyos hechos no dejaremos caer en el olvido!

El ejemplo de Raoul Wallenberg nos muestra las posibilidades del individuo en un sentido positivo. Su disposición a asumir la responsabilidad del salvataje de decenas de miles de personas. Asimismo, muchos berlineses –muchos más de lo que se cree– intentaron ayudar en el marco de sus posibilidades. Ellos también querían salvar y proteger a su prójimo.

Hoy, en cambio, se nos presenta la imagen contraria de personas que mediante atentados suicidas traen la muerte a hombres inocentes. Es el intento de transformar su religión en un culto a la muerte. En este contexto tenemos la responsabilidad de recordar, ante Dios y los hombres, a los justos que se hacen cargo del otro y que se dedican al prójimo.

En los proverbios de los padres se pregunta en qué se basa el mundo. La respuesta del Talmud dice: ”El mundo se basa en tres columnas: En la torá, en el rezo y en la dedicación al prójimo.”

Los cristianos tenemos cuatro criterios que emanan del Nuevo Testamento. Son descriptos por cuatro palabras griegas: Lyturgia, Martyria, Diakonia y Koinonia; la alabanza de Dios, el testimonio en el mundo, el servicio al prójimo y la comunidad vivida.

Ante este Mural recordemos que también los cristianos habíamos negados nuestros ideales. Colocando este Mural en una iglesia evangélica, confesamos nuestra culpa ante aquellos a quien Dietrich Bonhöffer nombró los ”hermanos y hermanas más débiles e indefensos de Jesús Cristo”. Tengamos en memoria a Pedro quien en la noche de la traición renegó tres veces de su señor y maestro. Pero también recordemos que este señor y maestro no se alejaba de aquél quien se había distanciado de él.

Por eso, aceptamos este Mural con humildad y agradecidos como un signo del nuevo comienzo.

Colocándolo dentro de una iglesia evangélica queremos demostrar que somos concientes de la responsabilidad encomendada por nosotros.

Dios nos dé la fuerza de hacerla justicia.