Agosto 5, 2009

Recordando a Raoul Wallenberg

Era una visión inolvidable. En un día frío de Noviembre de 1944, no lejos de la frontera Húngaro-Austriaca, un joven aparentemente desconocido, al que alguien identificó susurrando como un diplomático sueco llamado Wallenberg, pasando al lado del oficial de la SS que supervisaba el tren de deportados, trepó al techo del tren, y comenzó a entregar pases de seguridad a través de las puertas, que aún no se habían bloqueado. En palabras de uno de los testigos, Wallenberg ”no prestó ninguna atención” cuando los Alemanes le ordenaron bajar, o cuando los hombres del Cross Arrow comenzaron a disparar sus armas y a gritar que se fuera. Haciendo caso omiso de ellos, continuó con calma entregando pases a las manos extendidas. Después de que Wallenberg hubo distribuido el último de los pases, les dijo a todos los que habían recibido uno que bajaran del tren y se dirigieran a una caravana de coches aparcados cerca. Tanto los alemanes como los Cross Arrow estaban tan estupefactos que lo dejaron salir con la suya.

Raoul Wallenberg nació en 1912 en una familia aristocrática de banqueros suecos, su padre murió cuando Raúl tenía tres meses de edad. Criado por su madre y su abuelo, estudió arquitectura, luego se unió al negocio bancario de su familia, y adquirió experiencia en una sucursal del Banco de Holanda en Haifa, Palestina, donde por primera vez tomó contacto con los refugiados judíos de la Alemania Nazi. En 1944, al regresar a Suecia, donde continuó su carrera empresarial y bancaria, se enteró de que el gobierno sueco estaba buscando un candidato idóneo para trabajar en su embajada en Budapest, Hungría, como cobertura de guerra de la Junta de Refugiados con sede en EE.UU. El objetivo era salvar a los judíos húngaros que quedaban, y que en ese momento eran sistemáticamente diezmados tanto por los alemanes, que habían ocupado Hungría el 19 de marzo de 1944, como por los colaboracionistas húngaros.

Cuando Adolf Eichmann ordenó lo que se convirtió en la Marcha de la Muerte para decenas de miles de judíos hacia la frontera con Austria, Wallenberg siguió con su automóvil a los componentes de la extensa marcha, muchos de los cuales al no poder mantener el paso junto a los demás, eran derribados por los gendarmes húngaros, Wallenberg logró la liberación de muchas personas, sobre la falsa afirmación de que habían obtenido, o estaban en el proceso de obtención, la nacionalidad sueca. Los liberados, fueron enviados de vuelta a Budapest, y al Gheto Internacional, creado por Wallenberg y otros diplomáticos, donde más de 30.000 judíos fueron protegidos, cuando Budapest fue sitiada por el ejército soviético.

Miriam Herzog, una de las integrantes de esa Marcha contó:

”Las condiciones eran terribles. Caminamos treinta a cuarenta kilómetros al día bajo la lluvia helada, conducidos todo el tiempo por los gendarmes húngaros. Todas éramos mujeres y niñas y en ese tiempo yo tenía 17años. Los gendarmes eran brutales, golpeando a las que no podían mantener el ritmo de marcha, dejando a otras morir en las zanjas. Fue terrible para las mujeres mayores… De repente oí una gran conmoción entre las mujeres. ”Es Wallenberg”, dijeron. Yo no creía realmente que él me pudiera ayudar, y de todos modos ya estaba demasiado débil para moverme, así que me tendí en el piso como docenas de otras mujeres agrupadas en torno a él, gritando ”Sálvanos, sálvanos”. Recuerdo haberme sorprendido por lo guapo se veía – y lo limpio – en su chaqueta de cuero y sombrero de pieles, como un ser de otro mundo, y pensé, ‘¿por qué se preocupa por criaturas tan miserables como nosotros? ”Cuando las mujeres se agruparon en torno a él les dijo, ‘Por favor, deben perdonarme, pero no puedo ayudarlas a todas. Sólo puedo proporcionar certificados para un centenar de ustedes… ”Luego dijo algo que realmente me sorprendió. Dijo. ”Siento que tengo la misión de salvar a la nación Judía, por lo que debo rescatar en primer lugar a las jóvenes. ”Yo nunca había oído hablar antes de la idea de una nación Judía. Del pueblo Judío, por supuesto, pero no de una nación Judía. Miró alrededor de la sala y comenzó a poner nombres en una lista y cuando me vio tirada en el piso vino a mí. Preguntó mi nombre, y lo añadió a la lista. Después de un día o dos, las cien de nosotras, cuyos nombres se habían tomado fuimos trasladadas y puestas en un vagón de ganado en un tren con destino a Budapest. Existieron muchos más peligros y dificultades para nosotras, pero estábamos vivas – y esto fue totalmente gracias a Wallenberg”.

Con los rusos controlando Pest, el 16 de Enero de 1945, Wallenberg fue detenido por orden de Moscú, y puesto en confinamiento, probablemente bajo la sospecha de que era un espía de los aliados occidentales. Llevado a Moscú, fue encarcelado en la infame prisión de Lubyanka, y en régimen de incomunicación. Los esfuerzos realizados por el gobierno sueco en cuanto a su paradero y liberación no tuvieron éxito.

En primer lugar, los soviéticos negaron haber tenido participación en la detención y encarcelamiento de Raoul Wallenberg. Entonces, de repente, cediendo a la presión por parte de Suecia, el 6 de febrero de 1957, el viceministro de relaciones exteriores Andrei Gromyko anunció que las autoridades soviéticas habían descubierto un documento firmado por el jefe de la enfermería de la cárcel Lubyanka, A. L. Smoltsov, afirmando que Wallenberg había muerto el 17 de julio de 1947.

El Grupo de Trabajo Sueco-Ruso, en su exhaustivo informe, en 2000, señaló que el 17 de Enero de 1945 había sido firmada por Bulganin, el viceprimer ministro de Defensa, la orden de detención de Wallenberg, probablemente con el consentimiento de Stalin. En la cárcel Lubyanka, a la que llegó Wallenberg el 6 de febrero de 1945, fue sometido a varios interrogatorios. El Grupo de Trabajo propuso las siguientes explicaciones posibles de la supuestamente misteriosa muerte de Wallenberg, en Julio de 1947. Había sucumbido ya sea a cualquiera de las dificultades y los tratos inhumanos, o a malos tratos mentales y físicos. Pudieron haberle disparado, por órdenes de Molotov o Beria, con o sin conocimiento de Stalin, o haber muerto de un ataque al corazón, inducido por las diversas formas de tortura mental (incluidas los de luz y sonido), experimentos médicos, y quizás envenenamiento. En cuanto al rol de Beria en este sórdido asunto – un ex funcionario de la KGB sugirió que el plan inicial de Beria era crear el mito de una conspiración judío-sionista anti-soviético, y para ello necesitaba a Wallenberg con el fin de fabricar un caso que más tarde presentaría al paranoico Stalin. Sin embargo, los informes sobre el interrogatorio que se presentaron a Stalin eran falsos. Habría sido vergonzoso, incluso peligroso, informar de repente a Suecia que Wallenberg había estado todo ese tiempo en una prisión soviética en Moscú. ¿Qué explicación satisfactoria se podría posiblemente dar? Su historia hubiera desencadenado un escándalo. Entonces era fundamental que se eliminara este problema. Por lo tanto, existe la probabilidad de que se tomara la decisión de deshacerse del hombre. Sin embargo, hasta el día de hoy, la totalidad de la documentación soviética, relacionada con los motivos de su detención y encarcelamiento sigue sin aparecer, y su destino sigue siendo un misterio sin resolver.

Tenía sólo 32 años de edad, cuando fue visto por última vez en Budapest, si estuviera vivo, como todos esperamos, tendría ahora 97 años de edad. Antes de desaparecer, Raoul Wallenberg le dijo a su colega en la operación de rescate, el diplomático sueco Per Anger, ”Yo nunca podría ser capaz de regresar a Estocolmo sin saber dentro de mí que he hecho todos los que cualquier persona podría hacer para salvar el mayor número de Judíos que fuera posible”. Cuando era llevado en custodia por los guardias soviéticos, Wallenberg dijo: ”No sé si me están protegiendo o vigilando. No estoy seguro si soy su huésped o uno de sus prisioneros”. Esto es lo último que sus colegas supieron de él.

Para esta fecha, la familia Wallenberg y todas las personas de bien aún esperan obtener una explicación satisfactoria sobre el destino de esta heroica y trágica figura que, por sus actos benéficos en Budapest, ejemplificó la mejor y más elevada forma de comportamiento humanitario.

Traducido por Maria Cristina Panza