Los valores y el relativismo cultural

1. El hombre, creatura valorante

El hombre y su relación con las realidades terrenas: Sería ideal que

  1. Viva inmerso en la realidad. No fusionado con ella, ni enajenado por ella, ni, menos, ajeno a ella.
  2. Tome distancia mental respecto de la realidad en la que está implicado, gracias a su inteligente actitud crítica.
  3. Contemple reflexiva y teóricamente la realidad.
  4. La estime y la valore, aceptando y rechazando, deseando y repugnando valores y disvalores.
  5. Decida alcanzar los bienes que le ofrecen valores apetecibles.
  6. Planifique o trace un proyecto para alcanzarlos.
  7. Ponga mano a la obra, a la luz de su proyecto.

El hombre no se enfrenta distante o indiferentemente con la realidad. La valora –como bella, fea, útil o inútil, buena o mala- y tiende a los primeros términos y rechaza los segundos.

”No estás en el teatro” le dice al hombre el filósofo existencialista Gabriel Marcel. En efecto, no somos meros espectadores en el teatro del mundo. Somos actores, y debemos ser actores responsables: optamos, elegimos, decidimos sobre los valores que hallamos en los hombres, los hechos y las cosas. Un día sin teoría, no es vida, pero la sola teoría o contemplación no es el vivir. La valoración pertenece a la médula de la vida.

Hay que distinguir tres cosas en esto de los valores:

  1. Algo real es valioso: hay un objeto o un sujeto portador del valor: una hazaña deportiva de Maradona, una canción de Luis Miguel, un cuadro de Matisse, un gesto de solidaridad con un enfermo de SIDA, un nuevo instrumento de cirugía. Estos son bienes que conllevan un valor.
  2. Una cualidad que hace estimable y deseable ese bien: el tesón, la armonía, la belleza plástica, la caridad, la utilidad operativa. Estos son valores.
  3. La actitud humana frente al valor: la valoración o estimación que el sujeto hace.

No deben confundirse valor y valoración. Un hombre puede estar frente a un valor y no reconocerlo y, por ello, no desearlo como valor. Se llama axiología (axios, ”valioso”; ago, ”llevar, arrastrar”, ”lo que arrastra por su propio peso o mérito”) a la filosofía de los valores. El hombre es un ser axiológico, una creatura valorante, se mueve entre valores, por valores, busca valores; los valores lo motivan o mueven.

”El valor es lo que rompe nuestra indiferencia y la igualdad entre las cosas” dice el filósofo Louis Lavelle.

La valoración es connatural a la persona humana. Toda acción humana, si no es insensata, anormal o enajenada, se apoya en u7na previa valoración. Los valores dan sentido –es decir, dirección, significado y significado- a nuestra vida y a todas las decisiones que tomamos.

Nuestro pensamiento frente a la realidad hace dos tipos de juicio:

  1. Los que afirman la existencia de algo, de una cosa o la relación de las cosas entre sí. A estos se los llama juicios de ser.
  2. A los que afirman las relaciones de las cosas con nosotros, al menos relaciones posibles: a estos se los llama juicios de valor. El juicio de valor es aquel que guarda una apreciación que puede ser en general: ”esto es bueno”; o en lo personal ”esto es bueno para mí”.

La valoración no siempre se expresa en forma de juicios explícitos. Hay apreciaciones manifiestas en una exclamación (¡Ufa!), en un grito (¡Ay!), en un gesto, en una sonrisa, etcétera.

2. ¿EXISTEN VALORES UNIVERSALES? Absolutismo y relativismo axiológicos

Frente a esta cuestión hay una diversidad compleja de opiniones que podrían sintetizarse en dos.

  1. Concepción positiva o afirmativa: está por la existencia de valores universales. Cabrían dos actitudes:
    • Afirmativa total: todos los valores son inmutables y universales.
    • Afirmativa parcial: algunos valores son universales, el resto son circunstanciales y relativos.
  2. Concepción relativista: los valores cambian según circunstancias culturales, tiempos históricos, etcétera. Habría dos posturas:
    • Relativismo colectivo: cada cultura, cada nación, cada grupo humano tiene un conjunto de valores que difieren de cultura a cultura.
    • Relativismo individual: no existen valores de proyección social, ni de culturas y grupos. Todo valor es algo válido para mí, para cada individuo.

El relativismo axiológico afirma, pues, la relatividad de los valores en relación con la historia, cultura, sociedad, etcétera. La prédica relativista es seductora: ”Los tiempos cambian, los valores envejecen y son reemplazados por nuevos valores”. Usted viaja por el mundo y advierte escalas de valores diferentes en las distintas culturas y pueblos. Aquí se admite la antropofagia; allá la esclavitud como valores propios de esa cultura.

El relativismo, en la posmodernidad, es llevado a extremos. Ya no se tratará de pueblos y culturas que coparticipen de un conjunto de valores diferentes de los otros pueblos y culturas, sino de pequeños grupos y, finalmente, de cada individuo. Ahora bien: ¿Cómo se organiza una sociedad sin una participación amplia y firme de valores en común? Si lo reducimos a individuos o grupúsculos, un país no tendría ni constitución política, ni podría dictar leyes que gobiernen a todos. Obviamente no podría aceptarse ningún proyecto colectivo, como por ejemplo, una ley de universidades, menos aún una ley general de educación, menos todavía, acuerdos educativos continentales, etcétera.

La concordia o asentimiento en valores comunes y compartidos es necesaria para que exista una nación y un proyecto nacional. Ahora bien, si aceptamos la OEA y la UNESCO y la ONU, estamos aceptando un conjunto de valores compartidos de base, común entre todos los países de América (OEA), entre todos los países, o casi todos, del mundo en cuestiones de educación, ciencia y técnica (UMESCO) o en cuestiones generales de marco político (ONU). Lo mismo sucede con tantas organizaciones mundiales o internacionales sobre diversidad de asuntos.

En este marco, la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE (1948) ratifica una amplia y sólida aceptación de un importantísimo conjunto de valores por parte de todos los estados firmantes.

Estos hechos concretos que respaldan la existencia de valores universales y universalmente compartidos, son ratificados por muchos antropólogos (Levy Strauss, C. Kluckhohn). El intelectual inglés C. Lewis, después de estudiar las antiguas civilizaciones del mundo (La abolición del hombre, Londres, 1947) estima que hay en todas ellas un conjunto de valores comunes que constituirían una especie de espíritu objetivo o valores objetivos: la libertad, la justicia, el amor por los hijos, la dignidad del hombre, la defensa de la vida, el respeto a la naturaleza, etcétera.

La magnífica antología, El derecho de ser hombre (1968), preparada bajo la dirección de Jeanne Hersch y publicada por la UNESCO, ratifica la coincidencia de valores fundamentales en las más distantes latitudes y distancias temporales en la historia de las culturas del mundo, a través de testimonios tomados de pueblos de la antigüedad y el presente.

Diríamos que el hombre, por el hecho de ser tal, tiene un núcleo inalterado que permanece en el tiempo, y ese núcleo sustancial hace que siga siendo hombre. Los valores fundamentales responden a ese núcleo. El resto de los valores es variable, según épocas, culturas, sociedades, etcétera. De modo que de las teorías enunciadas, estimamos que la más atendible es la 1.2 Afirmativa parcial.

La coincidencia universal en un haz de valores es, en realidad, incontrastable. El relativismo axiológico absoluto está contradicho por lo expuesto y por la realidad cultural misma. Que alguien diga ”Yo lo veo así” no es razón para que su juicio tenga valor de verdad. Caso contrario, echaríamos por tierra todo proceso judicial, pues bastaría que el asesino recurriera a la frase ”Yo lo veo así” y sea inimputable. Por lo demás, respecto de esto de verlo ”así o asá” hay que aclarar que hay una visión correcta (óptica y mentalmente hablando), y hay individuos que padecen miopía, hipermetropía, astigmatismo, plena ceguera, o son tuertos. ”Yo lo veo así” en cada caso indica el grado de condicionamiento que se tiene para una visión plena, por la personal limitación.

El consenso generalizado no basta en todos los planos para hacer de un disvalor un valor. Así, aunque todos los habitantes de un pueblo convengan voten por unanimidad y declaren que el arsénico no es sustancia venenosa, dicho consenso firme no cambiará para nada la condición mortal del arsénico, y basta con que uno solo del pueblo se embuche dos tragos para n o poder participar más en esos consensos.

Ni la volunt5ad personal individual ni los consensos generalizados hacen de un disvalor un valor.

Hay un sinnúmero de valores que cambian en el tiempo y en el espacio. Hay campos en que la diversidad de valores es muy grande. De allí el dicho ”Sobre gustos no hay nada escrito” Aunque, en rigor, el dicho es falso: las bibliotecas están llenas de escritos sobre los gustos personales. La mayoría de ellos se quieren proponer como universales. El campo de la moda, por ejemplo, es de los más cambiantes. Las convicciones del momento son las que pesan.

Dijimos que una cosa es el valor y otra la valoración. No hay dos hombres que, estrictamente hablando, tengan una idéntica valoración del mismo valor. La edad, la experiencia vital, las condiciones personales matizan la estimación valorativa.

3. Modelos y escalas de valores

Los valores no existen sino encarnados, los percibimos con nuestra inteligencia en hombres, hechos, cosas. Esta percepción de los valores encarnados a veces debe ser aprendida, ejercitada. Exige cierta capacidad de análisis crítico y de discriminación de planos en quien considera tal o cual realidad.

Hay algunos valores –a veces, conjuntos de valores- que están encarnados en ciertas figuras históricas o contemporáneas de los más diversos campos (política, religión, deporte, educación, espiritualidad, arte, etcétera). A estas encarnaciones humanas de un valor dominante, o un haz de valores, se los llama modelos porque su propuesta sirve de estímulo a quien adhiere a dichos valores, los enseña como posibles de lograr en la vida, y nos motiva hacia esas metas alcanzables que son los valores para nuestro interés. Cada uno debe preguntarse qué modelos adoptaría para sí, componiendo una galería ideal de personajes ejemplares. Bien podríamos decir ”Por sus modelos los conoceréis” porque ellos revelan cuáles son los valores que privilegiamos en lo humano. Es posible que una primera adhesión al modelo sea de nuestra parte, instintiva, inconsciente, pero casi siempre es intuitiva, pues, analizada, nos revela los motivos de nuestra elección.

La vida nos va enseñando la importancia de ciertos valores, que vamos descubriendo en el tiempo y en el desarrollo de nuestra existencia y experiencia. Aprendemos a descubrir que hay valores generales, en los que todos coincidimos, y otros, en esferas cada vez más reducidas –grupos de amigos, socios de un club, grupo familiar, etc.- en los que diferimos respecto de otros grupos. Y, por fin, los valores absolutamente personales: esto explica cómo se visten algunos.

El proceso de humanización del hombre es el de una lenta manifestación de valores, cada vez mejor definidos y más calibradamente matizados; de una adhesión consciente, reflexiva, meditada a ciertos valores básicos. Esos valores, elegidos por mí como privilegiados, constituirán parte capital de la trama de mi vida.

Cada uno de nosotros va elaborando una escala de valores, esto es que los ordenamos jerárquicamente, desde los más importantes a los más circunstanciales. El valor que está al tope de la escala, el máximo para nosotros, condiciona los restantes. Es posible, más: es frecuente que el hombre opere inconsciente de que porta en sí una escala de valores. La lleva inexorablemente y, a su luz, elige, prefiere, descalifica, rechaza, adhiere. Pero como somos seres racionales no debemos operar irreflexivamente: debemos tener o tomar conciencia nítida de cuál es esa escala de valores que manejamos constantemente. Caso contrario, nos pueden manipular a través de los valores y disvalores sin que lo advirtamos. Un hombre que no tenga una escala de valores conscientemente asumida, va a la deriva y expuesto al gobierno de otros. Uno debe comenzar por ser dueño de sí y de lo que porta. La libertad personal está en juego en esto. Hace un tiempo, cuando íbamos a comprar un grabador, preguntábamos si tenía o no micrófono incorpor
ado. Hoy todos lo traen así. De igual manera tenemos la escala axiológica incluida.

La expresión ”Es lo mismo” , ”Es igual” revela una pobre capacidad de distinción en quien la pronuncia. Puede ser intrascendente si usted se enfrenta con la elección de medialunas dulces o saladas. Pero las instancias de decisión cotidiana que la vida nos propone no son opción de medialunas.

Analícese con cuidado las letras de los tangos de Enrique Santos Discépolo titulados ”Cambalache”, ”Qué vachaché” y ”Qué sapa señor?” a los que se suele aludir en los medios cuando se habla de la realidad argentina. Y si todo es lo mismo, la decadencia está instalada.

La otra frase que complica los valores en la estimativa de los hombres es ”Todo vale”. Sin du8da, todo vale algo, poco o mucho, todo tiene un cierto valor, salvo lo abiertamente negativo. Pero la frase no puede aceptarse en su otra acepción: ”Todo está permitido” porque ni en el más loco de los regímenes anarquistas esto es verdad. Los intereses encontrados neutralizan el sentido libertario de la frase.

Todo lo cargamos de valoración, hasta la menor de nuestras frases, si son entendidas en lo que dicen. No es lo mismo decir ”Mi señora”, ”Mi esposa”, ”Mi mujer”, ”Mi compañera”, ”Mi pareja”.

Frente a la realidad no somos indiferentes, por lo tanto, no podemos ser neutrales. La neutralidad es una noble aspiración imposible de alcanzar. Es posible que seamos casi absolutamente neutrales frente a algo que ignoramos por completo o no nos atrae para nada; nos da, quizás, lo mismo el sulfito de cobre que el; sulfato de cobre (no claro, al que tenga una fábrica de uno de ellos o de ambos). En cuanto tenemos información sobre la realidad, adherimos, rechazamos, inclinamos frente a valores y disvalores la balanza de nuestra opinión. La neutralidad es una idea nobilísima e inexistente en el plano humano. Tendemos a ella, por cierto, nos esforzamos por hacernos cada día más cercanos a ella, como tendemos a ser cada vez más objetivos. Pero no podemos renunciar a nuestra subjetividad que se interpone. Nuestra valoración de los hechos suele estar teñida de subjetividad. Analicemos dos o tres noticias sobre el mismo hecho tomadas de distintas fuentes y se advertirá la distancia entre hechos y valoración. La misma valoración de tal hecho por estimarlo noticioso supone una valoración.

Cada uno de nosotros porta una escala de valores y con ella nos manejamos y manejamos nuestras decisiones, lo sepamos o no. Lo ideal es:

  1. Que seamos conscientes de esa escala para que actuemos libremente.
  2. Que seamos nosotros quienes hemos trabajado en elaborar nuestra escala y que no nos la hayan impuesto. Si en una familia, en la escuela, en la universidad, como es función de dichas instituciones, nos proponen escalas de valores, está en nosotros criticarlas, analizarlas, aceptarlas, modificarlas o asumirlas, en razón de nuestra libertad personal, suma de inteligencia y voluntad.
  3. Que seamos coherentes con nuestra escala de valores en nuestro diario vivir. Un actuar coherente se logra sobre un conjunto de valores asumidos a conciencia, sin necesidad de andarlos proclamando. Ejerzamos responsabilidad y compromiso con nosotros mismos, primero. No podemos andar inventando escalas para cada caso, ni adaptando camaleónicamente nuestras valoraciones a las de los otros, según conveniencia y oportunidad. Poder, sí se puede. Éticamente no se debe.
  4. Que nos constituyamos en defensores de aquellos valores que estimamos como máximos y más válidos en lo humano.
  5. Mantengamos respeto por otras escalas de valores. Lo que no significa no discutirlas y combatirlas, manteniendo un absoluto respeto por las personas que las encarnan. Esto es coexistencia madura.

La escala de valores es el fundamento de nuestro proyecto personal de vida. Si no la tenemos clara, no podemos proyectar nuestra existencia con eficacia y seguridad de rumbo. La escala de valores es uno de los instrumentos básicos para el diseño del proyecto vital.

Comenzamos a articular nuestra escala de valores con las de otros hombres cuando y nos asociamos. Una familia es un proyecto de vida conjunto sobre una escala común de valores. Una sociedad armónica también se apoya en valores participados. La cultura es un sistema de valores compartidos, reflejado en todas sus manifestaciones: instituciones, leyes, hábitos sociales, arte, literatura.