Justos entre las naciones

Las experiencias narradas en los cuentos son testimonios verídicos obtenidos por Yad Vashem, el Museo del Holocausto en Jerusalem a partir de relatos de sobrevivientes de la Shoah.

Los dos cuentos expuestos a continuación pertenecen al libro Los Justos de las naciones del mundo (Jasidei umot haolam) de Guesher, de cuyo original en hebreo han sido traducidos por la Lic. Belkis Rogovsky. Este libro fue editado por el Departamento de Educación y Cultura para la Diáspora de la Agencia Judía para la colección ”Cuadernos en hebreo fácil”, Jerusalem, 1971.

Los salvadores fueron personas simples, de diferentes nacionalidades, que cumplieron, aún a costa de sus propias vidas, con el versículo del libro de Levítico (19,18) donde dice: ”QUERRÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO.”

El ingeniero Lansky (Félix Chivinsky), Polonia, noviembre de 1942

El guetto Jizini, cercano a la ciudad de Varsovia, vivía sus últimos días. Diariamente los judíos eran sacados de sus casas y conducidos a la muerte. Al escucharse un golpe sobre la puerta de la casa de Yitzhak, situada en el guetto, se detuvo la respiración de las cuatro personas que se encontraban dentro. Yitzhak se acercó con pasos lentos hacia la puerta. Al abrir entró un desconocido, de alrededor de 40 años.
-¿ Aquí vive la familia de Yitzhak Mistuchk? preguntó.
- Sí! respondió Yitzhak con dificultad.
- Mi nombre es Lansky – y les traigo saludos de sus hijos.
Esther, la esposa de Yitzhak, se levantó muy conmocionada y preguntó: ¿dónde están?, ¿cómo están?, desde que se escaparon del guetto, hace un mes, no sabemos nada de ellos.
-Están bien, un amigo los trajo a mi casa en Varsovia y se esconden allí. Por pedido de ellos vine a llevarlos a ustedes también- De repente sacó una cámara fotográfica, fotografió a Yitzhak a Esther, a su hija Javah y a su yerno Yaacov y les dijo: dentro de una semana les traeré falsos documentos y los sacaré del guetto por la noche. Adiós.
Pero Lansky no alcanzó a llegar. A los tres días el guetto se llenó de soldados de la Gestapo y de campesinos polacos ebrios. Rápidamente sacaron a los judíos por la fuerza a la calle, los golpearon y los amontonaron a todos en un pequeño baldío cercado por alambre de púa. Los polacos los insultaban y se burlaban de ellos. Los pocos que intentaron escapar fueron capturados. Yitzhak y su familia sabían que sólo un milagro podría salvarlos.
Inmediatamente escucharon un llamado en polaco, dirigido a los campesinos.
- ¡Hermanos, vengan a beber, un varsoviano nos invita a beber vodka!
Los campesinos no esperaron una segunda invitación, corrieron hacia el lugar en donde se ofrecía la bebida acompañados, incluso, de algunos guardias alemanes. Yitzhak no supo por qué, pero tuvo la sensación de que el varsoviano era Lansky. Aprovechando el descuido, la familia decidió escapar. Regresaron y se escondieron nuevamente en el guetto. De lejos les llegaban las voces de los polacos borrachos que cantaban y reían.
Al cabo de dos horas vieron que un hombre se les acercaba. Era Lansky, casi gritaron de alegría. Corrieron a su encuentro olvidando el peligro. Lansky los condujo a una calle lateral y de allí a campo abierto. En el cielo se vislumbraba la aurora.
-Intentaremos llegar a Varsovia en el tren del mediodía; mientras tanto, nos ocultaremos en los campos.
Al llegar al tren comprobaron que estaba repleto de soldados alemanes y que sería imposible subir. Al mismo tiempo temían escapar de allí. Fue entonces que Lansky los introdujo en el restaurante de la estación.
-Hoy se casa mi hija menor -y señaló a Javah y a su esposo, quisiera una habitación privada en donde poder festejar- Pidieron comidas caras y permanecieron allí hasta altas horas de la noche. El miedo era grande, sabían que en cualquier momento podía abrirse la puerta y aparecer un soldado alemán.
A las diez de la noche Lansky salió y al regresar comentó que había mermado el número de soldados.
-A las once pasa el tren a Varsovia. Le pagué a una mujer para distraer a los soldados en el momento en que el tren se detenga. Durante estos minutos subiremos al tren, no teman, caminen con seguridad y con tranquilidad.
Finalmente llegaron a Varsovia muy tarde, caminaron en absoluto silencio por calles laterales y oscuras hasta llegar a una casa destruida. Nadie podía imaginar que esa casa estuviese habitada. Caminaron, subieron escaleras y se detuvieron frente a una puerta marrón. Lansky golpeó cuatro veces y luego abrió con una llave.
La familia quedó perpleja al ver que detrás de esa puerta había una casa completa con dos habitaciones y cocina y que allí se ocultaban once judíos. Se saludaron y de inmediato arreglaron dónde dormiría cada uno. -Dejen sus cosas, les quiero mostrar algo- dijo Lansky, quien los condujo nuevamente hacia las escaleras y de allí a su casa. Era difícil llamar a eso casa, todas las paredes estaban destruidas y en los muros exteriores había grandes agujeros, obstruidos, a su vez, por grandes tablones. Lo único íntegro en la casa era un horno de grandes dimensiones. Lansky golpeó la puerta del horno y al abrirse aparecieron dos cabezas de cabello negro: el hijo y la hija de Yitzhak y Esther.
El verdadero nombre de Lansky era Félix Chivinsky, de profesión ingeniero y miembro activo de la resistencia polaca. Además de los once judíos que escondía en su casa había ayudado a muchos otros a ocultarse en diferentes lugares de Varsovia. No sólo arriesgó su vida, sino también la de sus padres, en cuya casa ocultó a una familia completa.
La vida dentro del escondite era difícil. Al no poder traer grandes cantidades de comida por temor a que los vecinos sospecharan, Lansky adquiría todo en pequeñas cantidades que iba dejando, durante el día, en diferentes lugares de la ciudad. Por la noche llevaba todo a la desmantelada casa. Otra preocupación que aquejaba a Lansky era que sus amigos de la clandestinidad no supieran dónde escondía a los judíos ni cuántos eran exactamente.
Lansky no era un hombre rico, poco a poco, fue vendiendo lo que tenía para mantener a las personas que ocultaba. Dentro de la casa los judíos realizaban diversos trabajos. Confeccionaban redes de cabello y todo tipo de artículos de goma que después él vendía para poder comprar comida y carbón.
Después de un tiempo los integrantes de la familia de Ytzhak enfermaron de tifus. No podían levantarse debido a la fiebre. Lansky cuidó de ellos, incluso trajo un médico y a pesar de las dificultades existentes para conseguir medicinas obtuvo medicamentos e inyecciones. De a poco, se fueron restableciendo, sólo Javah no se recuperó y murió. Allí permanecieron hasta el final de la segunda guerra.
Veinticuatro de las veintiséis personas que ocultó se salvaron. Muchas veces, a lo largo de los años de escondite, ellos le preguntaban ¿Por qué arriesga su vida por nosotros? Lansky reía y callaba. Solamente, una vez, al acercarse el final de la guerra, dijo: hice esto para salvar el honor de mi patria, para que se pueda decir que, por lo menos, hubo un polaco que se comportó como persona y no participó del crimen perpetrado contra los judíos.

Oleina Herihorishin, Ucrania

Era de tarde cuando la anciana Oleina regresó a su casa en la aldea ucraniana de Mikitintzi. Tenía sesenta años y una vida dura y sacrificada había dejado profundas arrugas en su cara. Trabajó en tareas domésticas, durante muchos años, sin llegar a tener una casa propia. Las personas se burlaban de ella y la consideraban tonta y miserable. Últimamente ni siquiera le pagaban, sólo le daban comida en retribución por su trabajo.
Cuando trabajaba en lugares alejados dormía afuera, frente a la entrada de la casa. Otras noches volvía a la pequeña y miserable choza, al lado del bosque, fuera de la aldea, donde su hermano le permitía vivir.
Al llegar esa tarde a la choza, Oleina observó que una niña pálida y delgada de aproximadamente doce años estaba sentada en la puerta, en sus ojos se percibía un horrible miedo.
-¡Ayúdame, escóndeme por favor!!!! Pidió la niña.
Oleina miró a la espantada niña y la abrazó.
-Entra- dijo emocionada y abrió la puerta. Preparó comida para la niña y luego ambas permanecieron hablando hasta altas horas de la noche. Dunia le contó toda su historia. Ella era judía, se había escapado del guetto de Kosovo, los nazis habían matado a toda su familia frente a sus ojos, y los ucranianos, que antes eran sus amigos, comenzaron a perseguirla arrojándole piedras. La niña huyó hacia las aldeas e intentó trabajar como sirvienta ucraniana, pero el miedo que se percibía en sus ojos la delataba. Milagrosamente se había salvado de tanto salvajismo.
La anciana la abrazó nuevamente y le dijo: ”no llores, pequeña”, y ella misma lloró. ”Las personas son animales”, yo, lo sé. Estarás bien, te quedarás conmigo. Yo haré por ti todo lo que esté a mi alcance. No tengo a nadie en el mundo y tú serás mi hija.
Por la mañana Dunia despertó sobre una amplia cama de madera al lado de una estufa encendida. En la habitación no había nada más. Las paredes estaban rajadas y no tenían revoque. En un rincón había un balde y algunos utensilios que Oleina había encontrado en los alrededores.
Así transcurrieron los días. Todas las mañanas. La piadosa anciana salía a trabajar y regresaba por la noche, cocinaba para Dunia e inmediatamente salía a recoger leña para calentar la habitación. Por las noches las dos permanecían largas horas sentadas al lado de la estufa conversando. Dos almas solitarias que se habían encontrado. Oleina consolaba a Dunia diciéndole: pronto los alemanes serán vencidos.
La felicidad no duró mucho. A la choza llegó el hermano de Oleina y la obligó a echar a la niña. En mi casa no esconderás judíos, le dijo. Todos los ruegos fueron en vano hasta que la anciana dijo: si la echas e ella, yo también me iré.
Así fue que las dos comenzaron a deambular buscando trabajo, de pueblo en pueblo. Era invierno y nevaba copiosamente. En una oportunidad en que por encargo estaban trayendo leños desde el bosque, la arrugada mujer dijo: descansaremos un rato. Tú no estás acostumbrada a trabajar tan rudamente. Yo ya he trabajado tanto que ni lo siento. Al bajar las bolsas de sus hombros y acomodarse, Dunia le dijo: si logro salvarme de la guerra intentaré hacerte feliz, tendrás una vida mejor.
-Dunia, Dunia, querida, no conoces nada de la vida, eres joven e inocente. Yo no tengo grandes planes para mi vida, sólo quiero cuidarte y que llegues sana y salva hasta el final de la guerra. Luego tú elegirás el camino correcto, no necesito agradecimientos. Sólo tengo un pedido: cuando muera quiero que tú me entierres, así no lo harán al lado de una cerca y entre personas extrañas
Inmediatamente se incorporaron y continuaron el camino que las conducía a la aldea. El invierno recrudecía. Oleina temía que Dunia se enfermara. Fue así que decidió regresar a la choza y decirle a su hermano Stefan que Dunia ya no se encontraba con ella. Lograron entrar en la choza, sin ser vistas, y cada vez que Stefan llegaba Dunia se escondía debajo de la estufa.
Una noche Oleina no regresó a la hora acostumbrada. Afuera el viento soplaba con saña y sacudía la choza. Una fuerte tormenta de nieve se había desatado. Dunia la esperó ansiosamente. La anciana regresó muy tarde, respiraba con dificultad y su cara estaba roja de frío.
-Dunia, debes escapar, los alemanes van de casa en casa buscando judíos en la aldea. Se quitó su saco, lo extendió a Dunia y ambas salieron de la choza cálida hacia el frío. El camino se hizo muy duro hasta que finalmente llegaron a una parva de forraje en el campo. Dunia se escondió allí y Oleina regresó a la choza.
Durante mucho tiempo permaneció Dunia sobre la parva. El frío era intenso y pronto comenzó a adormilarse. Ella pensó: no puedo dormirme, me congelaré y moriré, pero aún así sus ojos se cerraron.
¡Dunia, Dunia! la despertó Oleina, te congelarás, levántate, es media noche, puedes volver, los alemanes ya no vendrán esta noche. Pero Dunia no podía moverse, sus piernas estaban congeladas. La generosa anciana la cargó hasta la choza, masajeó sus piernas, la acostó sobre la cama y apagó la lámpara de querosene. La niña se durmió inmediatamente.
A las dos de la mañana Dunia se despertó, oyó pasos que se acercaban hacia la choza y entró en pánico ¡Oleina, los alemanes están aquí, estamos perdidas! gritó Dunia.
-No grites, métete rápido debajo de la cama.
Un golpe se escuchó sobre la puerta. Oleina preguntó: ¿quién es? y la sucinta respuesta fue: la policía. La misericordiosa anciana abrió y entraron un soldado alemán y dos ucranianos. Ella les gritó, sin miedo, y los insultó.
-Oleina, corre el rumor que aquí se esconden judíos, si es así yo te prometo, le dijo el ucraniano, que no te haremos daño alguno si nos entregas a los judíos.
-Por favor, dijo la anciana, pueden buscar, yo no escondo a nadie. Oleina hablaba con seguridad y tranquilidad. Sus palabras tranquilizaron a Dunia que debajo de la cama temía respirar. Buscaremos dijo el ucraniano, enciende la luz.
-Soy una mujer pobre, no tengo luz.
Los policías comenzaron la búsqueda, sus linternas pasaban de rincón en rincón, buscaron por todos lados y llegaron hacia Dunia, la luz de la linterna pasó al lado de la pequeña sin descubrirla.
-No hay nadie aquí, dijo uno de los soldados desilusionado.
Se fueron. Dunia tenía miedo de moverse, sólo después de un largo rato salió, se abrazó a Oleina y lloró amargamente.
-No llores más, pequeña, no nos daremos por vencidas, mientras yo viva tú también vivirás. Sólo ahora siento verdaderamente que mi vida tiene valor. Ahora sé que alguien me necesita. Tú me salvaste de mi soledad y de mi desesperación. No te preocupes por mí, pequeña, no temo morir en una guerra justa, le temo a una muerte vergonzosa, a una muerte de mendiga.
Pasaron semanas y meses. Dunia no salía de la choza. Oleina le traía diarios que encontraba. La niña leía en voz alta y la anciana prestaba atención. Ella no sabía leer. En los diarios aparecían malas noticias, pero ya no se hablaba de los judíos. Una noche mientras Dunia esperaba a Oleina se abrió la puerta y entraron dos ucranianos. Dunia no alcanzó a esconderse.
-Te atrapamos, pequeña, ¿cuánto le pagaste a Oleina por ocultarte? ¿dónde está el dinero?
- Ella no sabe que soy judía, le mentí, le dije que era ucraniana.
-¡Mientes! gritó uno de los ucranianos y la golpeó -¡Dinos la verdad!
En esos momentos regresó Oleina y Dunia expresó en voz alta -Oleina no sabe que yo soy judía, le mentí. Los ucranianos preguntaron a Oleina, ¿Tú la ocultaste?
-¡Sí!
-¿Sabías que era judía?
-¡Sí!
-¿Conoces cuál es el castigo?
-¡Sí! Acaso Dunia es culpable de haber nacido judía y yo soy culpable por haberla ocultado -dijo Oleina- juntas moriremos.
-¡Oleina! ¿Qué estás diciendo? ¡Por Dios!! -gritó Dunia.
Los ucranianos se reían y castigaban a Dunia con crueldad. La anciana cayó y rogó: no la golpeen es una niña aún, no hizo mal a nadie, tengan piedad de mí, no puedo ver todo esto. Los ucranianos, asombrados, miraron a Oleina, después miraron a Dunia y uno de ellos dijo: la próxima vez morirán las dos y salieron de la choza.
-Ocurrió un milagro -dijo Oleina- uno de ellos es uno de los asesinos más conocidos, ya entregó decenas de judíos a los alemanes.
Al día siguiente toda la aldea estaba enterada. Ella ocultaba una niña judía. Dunia no podía permanecer más allí. La anciana la alentó diciéndole que le buscaría otros escondites y continuaría ocupándose y preocupándose por ella. Durante un año Oleina ocultó a Dunia en diferentes lugares, entre ellos en un pozo vacío que cubrió con ramas y nieve.
Llegó la primavera, las nieves comenzaron a derretirse y el escondite se llenó de agua, entonces decidió esconderla en el bosque. Durante un tiempo Dunia estuvo oculta allí. En una ocasión Oleina fue capturada por los alemanes quienes la golpearon y amenazaron, pero no lograron saber dónde se escondía la niña judía.
En abril de 1944 el ejército rojo avanzó hacia el oeste de Ucrania. En el bosque merodeaba una pandilla de asesinos que mataba a todo aquel que encontraba en el camino. Dunia escapó del bosque y se dirigió a la línea del frente. En el camino se unió a un grupo de refugiados que la condujo muy lejos de Oleina.
Al finalizar la guerra Dunia intentó encontrar a Oleina pero no obtuvo respuesta. Jamás se supo acerca de la suerte corrida por Oleina, noble y valiente mujer que salvó a Dunia de una muerte segura.