Agosto 10, 2006

El proceso del señor W

Fuente de prensa:

Alguien había difamado al señor W porque esa mañana se lo llevaron los militares y nunca más se supo de él. Es un tópico de la época rendir tributo al talento de Kafka como un profeta de los totalitarismos del siglo XX. En contraste, el absurdo grotesco de la ”desaparición” de Raoul Wallenberg puede leerse en clave de una novela kafkiana. Pero este absurdo, terrenal y humano, responde a la lógica indescifrable de la norma total-autoritaria.

”-Sin duda usted está muy sorprendido de los acontecimientos de esta mañana.

-Ciertamente, estoy sorprendido pero no muy sorprendido. Hace ya treinta años que estoy en el mundo y habiendo tenido que recorrer mi camino completamente solo, estoy un poco inmunizado contra las sorpresas y no las tomo a lo trágico, sobre todo la de hoy”.

Sí: En la mañana del 13 de enero de 1945 efectivos de la Smersh (contrainteligencia militar soviética) detuvieron a Wallenberg y su chofer. Pasó a ser un acusado y le iniciaron un proceso que abarcó el resto de su existencia. (”Sufrir semejante proceso es ya haberlo perdido”). Precisamente, el héroe kafkiano se diferencia del resto porque está marcado por una acusación de la que nada se sabe ni se podrá saber. Estos individuos excepcionales practican ”la unión inseparable de los hombres”.

Tras haber salvado a 100.000 judíos, Wallenberg podría decir: ”Yo soy el ausente esta vez”. Sucede que para Kafka ”el destino de los judíos representa la incierta suerte del hombre”. El destino del individuo y la especie siempre es incierto. El hombre, según Kafka, carga con las responsabilidades y riesgos. Por eso, está expuesto a la acusación, la caída, el retroceso. (”¿Y cuál es el sentido de esa gran organización?, es hacer detener a los inocentes y abrirles un proceso sin razón?”). Algo similar les pasó a los diplomáticos suizos que en Budapest llevaban adelante actividades parecidas. Pero mientras los suizos fueron canjeados por prisioneros soviéticos, del señor W nunca se supo nada. Que diplomáticos de dos países neutrales hayan recibido el mismo trato no es algo menor. Tras su captura, Wallenberg y su chofer fueron trasladados a una prisión de Budapest. Después los deportaron en tren a Moscú, donde les dijeron que no eran prisioneros, sino estaban bajo ”custodia de protección”: les mostraron el subte y los llevaron a la Lubianka. Los interrogatorios a sus allegados en la embajada sueca en Budapest se orientaban a buscar elementos para sostener la acusación de espionaje a favor de los fascistas, de los aliados anglosajones o de todos al mismo tiempo. En sus memorias, un antiguo jefe de la sección escandinava del Smersh cuenta cómo le pidió a Molotov que le entregara al señor W al GPU para convertirlo en un topo soviético entre las clases altas de Occidente. En resumen: no está claro el propósito de su arresto e interminable proceso.

Continuando con la práctica iniciada por Amnesty (aparentemente naif pero muy efectiva) de enviar cartas a los patriarcas rabiosos para salvar presos de conciencia, la Fundación Internacional Raoul Wallenberg está llevando adelante la campaña ”100.000 firmas por 100.000 vidas” para ejercer presión sobre Putin para que dé a conocer los documentos sobre el proceso del señor W. Hasta el momento ha conseguido 22.000, entre ellas la del senador demócrata californiano Tom Lantos (salvado por Wallenberg), el Museo Memoria del Holocausto de Estados Unidos, ejecutivos de IBM, Microsoft, Forbes, miembros de la Cámara de Representantes, del American Jewish Committee y académicos de Columbia, Cornell, Duke, Harvard, John Hopkins, MIT, Princeton, Stanford, Berkley, Chicago y Yale.

La Fundación Wallenberg, con sede central en Buenos Aires, activó este año la iniciativa ”Llevemos a Raoul a casa”. Entre las cartas enviadas está la del Premio Nobel de Fisiología 1993, Richard Roberts, quien considera prácticamente un insulto a la inteligencia la actitud de Moscú. ”Es incomprensible que los archivos del ejército soviético no tuvieran un solo registro de los hechos posteriores al arresto de Wallenberg”. El asunto es que Moscú no presentó una sino dos historias oficiales. La primera: Wallenberg murió en Budapest en el transcurso de los combates entre las tropas soviéticas y la Werhmacht, presumiblemente lo mataron los fascistas. La segunda: en 1957, Gromyko dijo que el señor W murió de un paro cardíaco en un Gulag en julio 1947. Muchos investigadores sospechan que fue un ”prisionero secreto” hasta 1989, cuando pudo haber muerto ya que ese año el pasaporte y otros objetos personales les fueron entregados a sus familiares. Hasta el día de hoy, el gobierno ruso está obstinado en cerrar el asunto aferrándose a la segunda historia oficial. En junio de este año, la embajada de la Federación Rusa en Washington le envió una carta a la oficina de Nueva York de la Fundación Wallenberg, donde reconocía que fue ”arrestado por las fuerzas especiales soviéticas en Hungría durante el mes de enero de 1945”. Afirma que ”toda evidencia habría sido destruida. Paralelamente, la evidencia circunstancial recolectada confirma que el señor Wallenberg habría fallecido en la URSS el 17 de julio de 1947”. Lo cierto es que durante diez años (1991-2001) se constituyó un grupo de trabajo ruso-sueco para esclarecer la situación de Wallenberg. Ni siquiera pudieron llegar a sacar una declaración conjunta. La parte rusa hace responsable único y exclusivo a Stalin, mientras la sueca plantea otras situaciones y problemas. En su informe ponen el acento en la falta de documentos que acrediten su muerte. Más aún: hay pruebas claras de que estuvo en una prisión especial donde a los reclusos se los identificaba por un número y no por el nombre; también pasó por una cárcel psiquiátrica. Los investigadores suecos no pudieron acceder a los archivos de la KGB ni entrevistarse con antiguos funcionarios.

¿Fue el señor W el chivo expiatorio de las ambigüedades suecas durante la guerra y de la prolongada enemistad entre ambos pueblos? Desde 1814, el linaje de los vikingos tomó la neutralidad como una cuestión de Estado y una virtud política. Pero en los primeros años de la II Guerra Mundial, cuando la maquinaria del III Reich parecía una aplanadora invencible, la neutralidad sueca tuvo una inclinación proalemana. Goring se había casado con una baronesa y sus relaciones con la aristocracia sueca eran muy fluidas. Fueron confiscados periódicos y se ejerció censura sobre obras antinazis como ”El gran dictador”.

Los comunistas y otros grupos afines fueron despachados a ‘campos de trabajo’ durante el transcurso de la guerra. Peor todavía: durante la breve guerra del invierno de 1940 entre Finlandia y la URSS, unos 8.000 ”voluntarios” suecos (muchos de ellos oficiales y suboficiales del Ejército) pelearon junto a los fineses. Por su territorio pasó una división de infantería de la Werhmacht para intervenir en el ataque a la Unión Soviética. Los noruegos le pusieron un apodo que lo dice todo: Transitania. Por ahí pasaron más de 2.140.000 soldados alemanes en 100.000 vagones. Después de la batalla de blindados de Kursk, el gobierno sueco prohibió el tránsito de efectivos alemanes. A partir de Stalingrado y el colapso del Africa Korps, la neutralidad sueca tomó un sesgo más anglosajón. Pero incluso en los tiempos de la ofensiva nazi, Suecia era el refugio del norte para todos los perseguidos: miembros de algún submarino polaco, la resistencia noruega, judíos daneses huyendo en una pequeña flota de barcos pesqueros. El conde Folke Beernadotte, miembro de la familia real, recorría campos de concentración para rescatar ”pacientes” para la Cruz Roja Sueca. Sus métodos anticipan los que utilizaría Wallenberg poco tiempo después en Budapest: soborno, astucia y algo más. Así logró que le entregaran detenidos que pesaban menos de 50 kilos, entre ellos 12.000 judíos.

Sin embargo, ”la gran autoridad acusadora, inaccesible” que le inició un proceso al señor W era (y lo continúa siendo) una maquinaria de poder perfecta e ineficiente guiada por la lógica vana de la administración total. Los documentos del proceso existen, pero ¿donde están?, ¿por qué permanecen ocultos? La documentación que podría decir algo sobre el destino de Wallenberg sigue siendo material clasificado en Rusia, claro, pero también en Suecia, Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel.