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	<title>The International Raoul Wallenberg Foundation &#187; Testimonios</title>
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		<title>Dr. Alfred Kantorowicz</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jan 2003 00:00:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Marsella, 23 de Marzo de 1941
Mi muy venerado Sr. Bosques
Tengo el gran placer de anunciarle que partiremos mañana &#8211; via Martinica &#8211; con destino a Mexico.
No puedo marcharme de Marsella sin reiterarle nuestro mas sincero agradecimiento &#8211; tanto de mi esposa como mio propio &#8211; por todo lo que Ud. ha hecho por nosotros. Si [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote  ><p>Marsella, 23 de Marzo de 1941</p>
<p>Mi muy venerado Sr. Bosques</p>
<p>Tengo el gran placer de anunciarle que partiremos mañana &#8211; via Martinica &#8211; con destino a Mexico.</p>
<p>No puedo marcharme de Marsella sin reiterarle nuestro mas sincero agradecimiento &#8211; tanto de mi esposa como mio propio &#8211; por todo lo que Ud. ha hecho por nosotros. Si nos marchamos, es gracias a su proteccion y su ayuda.</p>
<p>Puede Ud. estar seguro que seremos dignos de la muy honorable invitacion de su gobierno. Estamos muy contentos de poder conocer proximamente su bello pais.</p>
<p>Le ruego acepte mis sentimientos de agradecimiento y respeto.</p>
<p>Dr. Alfred Kantorowicz</p></blockquote>
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		<title>Herman Weitz</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jan 2003 00:00:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Extraído del libro &#8220;Mi historia, mi vida&#8221; de Herman Weitz. Editado en 1991
La habitación estaba a oscuras, las cortinas cerradas casi por completo. Bosques me miró desde su escritorio y me dijo: &#8220;Monsieur Weitz, usted nunca va a poder entrar a Méjico porque le ofreció dinero a un empleado consular.&#8221;
Era una de mis últimas oportunidades, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Extraído del libro &#8220;Mi historia, mi vida&#8221; de Herman Weitz. Editado en 1991</strong></p>
<p>La habitación estaba a oscuras, las cortinas cerradas casi por completo. Bosques me miró desde su escritorio y me dijo: &#8220;Monsieur Weitz, usted nunca va a poder entrar a Méjico porque le ofreció dinero a un empleado consular.&#8221;</p>
<p>Era una de mis últimas oportunidades, ya no me importaba lo que los demás pensaran o hicieran, pero al final estaba a punto de aclarar las cosas. Le respondí que en ningún momento le había ofrecido dinero a un funcionario consular (lo cual era verdad ya que le había ofrecido dinero a un general español, no a un funcionario mejicano), que le habían mentido y que quería ver qué tipo de evidencia existía para probar que yo había hecho ese tipo de soborno, porque eso es lo que era, un soborno que yo nunca había hecho y cuya existencia dañaba mi reputación. Continué de este modo por un tiempo cuando, para mi sorpresa, el cónsul finalmente accedió a otorgarme la visa. Con unos movimientos de su lapicera hizo su firma y luego llamó a su secretaria para agregar el sello oficial en los papeles.</p>
<p>Yo no podía creerlo cuando salía de la oficina con los documentos firmados. ¡Lo había hecho, verdaderamente lo había hecho! ¡Finalmente estábamos fuera de Europa!</p>
<p>Pero nada es tan fácil en la vida. Además, todavía me tenía que ocupar de mi hermano Morr.</p>
<p>De un modo u otro, el romance de Moor con Louise había terminado y se había estado quedando con nosotros en Marsella por un tiempo. Las visas que me había otorgado el embajador de Méjico nos cubrían a todos nosotros, así que no tendría problema para entrar a Méjico. Mi única preocupación era sacarlo de Francia de un modo seguro.</p>
<p>Francia no sólo exigía una visa de entrada sino también un permiso de salida. Cuando estuvo en Alemania, Moor había estado muy involucrado en el movimiento anti-nazi llamado &#8220;Die Eiserne Front&#8221;, el cual tenía confrontaciones periódicas con los camisas negras antes de que los Nacional socialistas llegaran al poder. Teníamos miedo de que el gobierno de Vichy tuviera una lista de todos los anteriores miembros del Frente y que en el momento en que Moor fuera a pedir su permiso de salida, los funcionarios colaboracionistas de Vichy lo entregaran a los Nazis. No había manera de hacerlo entrar en forma ilegal al puerto de Marsella, porque estaba muy bien custodiado, por ello no sabíamos que hacer con mi hermano.</p>
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		<title>Bruno Schwebel</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jan 2003 00:00:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[
THEODOR SCHWEBEL (PADRE)
THERESIA SCHWEBEL (MADRE)
HELMUT SCHWEBEL (HERMANO)

Mi padre (Theodor Schwebel, Nac. 31.8.97) era judío y también miembro del partido social-demócrata de Austria. Poco después de la ”Noche de Cristal” huyo, llevándose a mi hermano Helmut (Nac. 6.9.26); cruzaron ilegalmente a Francia en la frontera franco-alemana en Lauterbourg. Entretanto, mi madre Theresia (Nac. 3.3.02) y yo, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<ul>
<li>THEODOR SCHWEBEL (PADRE)</li>
<li>THERESIA SCHWEBEL (MADRE)</li>
<li>HELMUT SCHWEBEL (HERMANO)</li>
</ul>
<p>Mi padre (Theodor Schwebel, Nac. 31.8.97) era judío y también miembro del partido social-demócrata de Austria. Poco después de la ”Noche de Cristal” huyo, llevándose a mi hermano Helmut (Nac. 6.9.26); cruzaron ilegalmente a Francia en la frontera franco-alemana en Lauterbourg. Entretanto, mi madre Theresia (Nac. 3.3.02) y yo, Bruno Schwebel (Nac. 16.9.28), permanecimos en Purkersdorf (cerca de Viena) por algunas semanas para vender muebles y enseres domésticos y prepararnos para el viaje. Partimos de Viena por tren el 10.12.38, siguiendo la misma ruta que habían tornado mi padre y hermano, llegando a Paris el 22 de Dic. de 1938.</p>
<p>Mi hermano y yo fuimos internados en una pensión para niños judíos en Montmorency, cerca de Paris, dirigida por la organización internacional OSE. Mi madre encontró empleo en la misma pensión.</p>
<p>Cerca de un año después, cuando se declaró la guerra entre Francia y Alemania, mi padre fue internado como ”ciudadano de país enemigo” en un campo de concentración francés. Yen junio de 1940, cuando las tropas alemanas ya se acercaban a Paris, mi madre, hermano y yo huimos a Montauban en el sur de Francia. Con el desmoronamiento de las autoridades civiles francesas, mi</p>
<p>padre pudo salir del campo y reunirse con nosotros en Montauban. De ahí en adelante, la meta familiar era conseguir una visa &#8211; cualquier visa, para el país que fuera. Las únicas posibilidades practicas eran México y Nueva Zelanda, ya que las ”cuotas” para otros países como los Estados Unidos o Inglaterra estaban completas o el papeleo burocrático correspondiente era demasiado lento.</p>
<p>Finalmente, el 6 de Nov. de 1941, el Sr. Gilberto Bosques, Cónsul de México en Marsella nos extendió una visa para México. Si no hubiera sido por la postura antifascista del gobierno de México, así como la iniciativa personal del Sr. Bosques para salvar la mayor cantidad posible de gente cuyas vidas estaban amenazadas por el fascismo, probablemente mi familia y yo no hubiéramos sobrevivido.</p>
<p>Organizaciones judías social-demócratas de México financiaron nuestro pasaje en el ”Nyassa” de Lisboa a Veracruz, México, que zarpo los primeros días de febrero de 1942. Infructuosamente tratamos varias veces de cruzar de Francia a España. En un intento de cruzar la frontera saliendo de Pau, el 31 de Dic. de 1941, la frontera estaba abierta y abordamos el tren para iniciar nuestra jornada de 2 días a Lisboa. Después de permanecer 1 mes en la capital portuguesa y 1 mes en el Nyassa, llegamos a Veracruz, donde fuimos acogidos como refugiados políticos.</p>
<p>Mas de 50 años después, en noviembre de 1993, fue para mi una experiencia conmovedora así como un gran honor participar en el descubrimiento de un busto de Gilberto Bosques en el ”Instituto del Derecho de Asilo y las Libertades Publicas”, en Coyoacan, Ciudad de México. La ceremonia fue organizada por el ”Instituto de Investigaciones Interculturales Germano Mexicanas” y por la comunidad de exilados de habla alemana de México, como reconocimiento a las acciones humanitarias del Sr. Gilberto Bosques.</p>
<p>Bruno Shwebel &#8211; Mayo, 1997</p>
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		<title>Mario Montagna</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jan 2003 00:00:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Gilberto Bosques: el primer mexicano que conocí.
Conocí al señor Gilberto Bosques en Marsella, a fines de 1940, cuando era Cónsul General de México en Francia.
Entonces yo estaba internado en el campo de concentración del Vernet y había obtenido el permiso para ir a Marsella, acompañado por un Guardia Móvil, con el objeto de retirar el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Gilberto Bosques: el primer mexicano que conocí.</strong></p>
<p>Conocí al señor Gilberto Bosques en Marsella, a fines de 1940, cuando era Cónsul General de México en Francia.</p>
<p>Entonces yo estaba internado en el campo de concentración del Vernet y había obtenido el permiso para ir a Marsella, acompañado por un Guardia Móvil, con el objeto de retirar el visado de emigración para México que el Gobierno del General Lázaro Cárdenas me había otorgado algunos meses antes sin que ni siquiera yo lo supiese por la intervención de mi amigo Vittorio Vidali y de un Comité de personalidades que presidía el doctor Enrique Arreguin.</p>
<p>No era fácil sacarme, ni aunque fuera por pocos días, del infernal campo del Vernet, en la portada del cual se hubieran podido escribir las trágicas palabras de Dante: ”¡Oh, los que entráis, dejad toda esperanza!” Sin embargo las insistencias de Bosques lograron hacer este milagro.</p>
<p>Antes de ir al Consulado General de México estuve -siempre acompañado por mi ”ángel custodio” en uniforme- en el magnifico y suntuoso Consulado de otro país, para pedir un simple visado de transito, valido por muy pocos días, sin el cual el Gobierno de Vichy no permitía a nadie salir de Francia, puesto que no existía, en aque1 entonces, ningún medio de transporte directo entre Francia y México en este Consulado tuve que contestar a una infinidad de preguntas: cuales eran mis opiniones políticas, a cuales partidos había pertenecido y pertenecía, etc., etc., -y por fin me comunicaron que muy difícilmente me otorgarían el visado de transito y, en ningún caso, antes de muchas semanas.</p>
<p>En verdad fui tratado -a pesar que se sabia que yo estaba internado a causa de mis ideas antifascistas- ni más ni menos que como un solicitante fastidioso, así como fueron tratados, por otra parte, todos los refugiados políticos de todos los países que se encontraban en aquel Consulado.</p>
<p>Con este precedente, yo esperaba un interrogatorio mucho mas minucioso, mucho mas severo por parte del Consulado de México, por ser el país que debía otorgarme no un simple visado de transito, sino el permiso de vivir indefinidamente en su territorio. Grande fue pues mi sorpresa y mi alegría al observar no solo que el personal del Consulado, desde el mas modesto empleado hasta el señor Cónsul Bosques, demostraban conmigo y con todos los refugiados que llenaban las oficinas, una cortesía exquisita y una evidente simpatía, sino que para entregarme los papeles necesarios al viaje (yo no tenia, claro está, el pasaporte italiano) y el visado de entrada en México, no me pidieron otra cosa que la prueba de mis generalidades y de mi calidad de refugiado político antifascista.</p>
<p>- ¡El señor Bosques me ha reconciliado con la diplomacia! &#8211; decía algunos días después a mis amigos del campo del Vernet, donde había sido obligado a volver…</p>
<p>Dejar definitivamente este campo y salir de Francia era en efecto muy difícil, casi imposible, sin<br />
el visado de transito que yo había pedido, pues mientras a otros refugiados, menos conocidos como militantes de izquierda ó, tal vez, considerados menos ”peligrosos” que yo, se les otorgó al fin este visado, yo nunca pude conseguirlo.</p>
<p>Una vez mas, solo el interés demostrado por el Consulado de México y por el señor Bosques personalmente, junto con la buena voluntad de algunos funcionarios franceses, pudieron superando una infinidad de obstáculos, permitirme embarcar con mi esposa el 6 de mayo de 1941 en el barco que debía llevarme a la Martinica.</p>
<p>Lo que Gilberto Bosques ha hecho por mi, con el fin de sacarme del campo de concentración haciéndome posible llegar a este gran país libre, democrático y hospitalario, él y sus colaboradores lo han realizado -y mucho mas aún en numerosas ocasiones por centenares y millares de otras víctimas del nazi fascismo.</p>
<p>Nada de burocrático, nada de ”reglamentario” nada de humillante había en su actitud sino por el contrario, una sencillez, una comprensión de nuestros sufrimientos y una manifiesta voluntad de ayudarnos que nunca podremos olvidar y que nos hizo amar antes aun de conocerlos, el lejano país hacia el cual debíamos dirigirnos, su pueblo y sus gobernantes.</p>
<p>Fueron aquellos nuestros primeros contactos con México. Pero fueron suficientes para hacernos comprender que no se trataba de un país y de un gobierno como casi todos los otros y que, en México nos encontraríamos como hermanos entre hermanos, como hombres libres entre hombres libres. El porvenir confirmó plenamente esta primera impresión.</p>
<p>Por esto, cuando supimos todos los refugiados en México que tuvimos la dicha de conocer a Gilberto Bosques en Francia, que se encontraba prisionero de los alemanes, nos afligimos profundamente y durante el largo período de tiempo en que Gilberto Bosques estuvo entre las garras de los nazis, aislado de México y del mundo, pensábamos en él a menudo no so1o como un hombre con el cual teníamos una gran deuda, sino como en el capitán de un barco que, para salvar al más grande numero posible de pasajeros, que él ni siquiera conoce, se queda en el puesto del peligro hasta el último momento, aún a costa de pagar con la vida su abnegación y su heroísmo.</p>
<p>¿Como extrañarse, pues, si ahora que se sabe que Gilberto Bosques está libre y que pronto llegará a su patria que centenares y millares de refugiados políticos antifascistas de todos los países lo esperan aquí en México, como se espera aun bienhechor y a un amigo y se preparan a ofrecerle, aunque sea muy modestamente el testimonio de su admiración, de su gratitud y de su cariño?</p>
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